La pedagogía del perdón

Así de entrada, suena a «rollete cristiano», sin embargo, el cristianismo no tiene la exclusiva del perdón.

Sería un poco adolescente oponerse al perdón, para oponerse a «los curas». Los cristianos tendrán sus razones para perdonar, pero cada uno, desde sus propias convicciones puede descubrir evidencias de lo razonable que resulta perdonar.

En problema es cuando el perdón pasa de la teoría a la práctica y es uno el que tiene que perdonar un daño sufrido. Ahí no bastan razones, es necesario estar convencido de que me interesa perdonar de corazón.

Una política educativa basada en el perdón

Cualquiera que se dedica a la educación, de verdad, es decir, educando en la práctica, sabe que se requiere un marco más amigable para garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, que promueva oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos.

Pero no hay que ser educador para detectar las abundantes mareas de violencia en nuestras entornos y en el mundo, y no es cuestión de comparar con el pasado.

Del pasado habrá que aprender, pero ahora, toda la violencia que hay, sobra. Y si no conseguimos que no esté, tendremos que seguir trabajando para que no esté. No cabe decir: «pues antes había más».

No lo voy a discutir, lo que sé, es que es ahora cuando vivo como educador profesional y no antes, y lo que quiero ahora es que haya paz y justicia para todos.

Así, quien se muestre «realista» y se resigne a la violencia, por favor, que se eche a un lado de la política y de la educación, y nos deje trabajar a los que tenemos esperanza en formar un mundo en paz.

Mi propuesta para romper el ciclo de violencia que viene del pasado y alimenta el presente, es aplicar una pedagogía el perdón y esto es lo que considero como la mejor opción para las políticas educativas y para todas políticas en general.

El perdón es una alternativa que se ha tomado en pocas ocasiones para resolver los enfrentamientos entre personas, comunidades, sociedades y el mundo en general.

Sin embargo, cuando se ha tomado esa alternativa, la experiencia ha dado indicios de que es posible y beneficiosa: Mandela, Malala, Jesucristo, Gandhi, Dalai Lama, Luther King… El horizonte que se abre es de luz y esperanza, mientras se viven esas convicciones.

Aprender el perdón nos ayuda a sanar las heridas, a aprender del pasado, a reconocer nuestras propias faltas, a ser humildes y comprensivos con las faltas de los demás.

Aprendemos a vivir la justicia ante los daños sufridos pero sin devolver mal por mal. Pero sobre todo, uno vive más alegre, con la ligereza de quien se ha quitado un gran peso de encima.

Aprender el perdón nos ayuda a recomenzar con esperanza y más fuerza, unidos en la diferencia y con libertad.

Sin embargo, aprender venganza y castigo profundiza en las heridas y refuerza los conflictos. La violencia afrontada con otra violencia, perpetua el daño, que será lo que aprenda la siguiente generación: resentimiento, odio y revancha.

Las heridas no se cerrarán de la noche a la mañana, está claro. La pedagogía del perdón no es instantánea, puede requerir varias generaciones para sanar las recriminaciones y los recuerdos amargos.

Aunque no sea instantánea, el hecho de emprender la pedagogía del perdón, ya es una experiencia de esperanza y alegría, y empezar a curarse ya es una vivencia de sanación del nosotros.

Pero deberemos contar con que siempre habrá poderosos acaudalados, políticos, comunicadores y educadores, y quizás uno mismos muchas veces, que pensemos que reabriendo las heridas del pasado podrán mejorar el presente.

Y no se piense que son de una tendencia política u otra, de una religión y otra, de una ideología económica u otra, es un tema de vivir las propias convicciones, sean cuales sean, desde el perdón o desde la revancha.

El hecho es que las heridas se infectan si no se cuidan, y ya no digamos si se hace por reabrirlas. Si alguien quiere negarlo, sencillamente está tratando de aplicar un daño al cuerpo con objeto de lograr una «verdadera» curación por otra línea, pero, el hecho de abrir las heridas, no sana.

Para comprender a estar personas que piensan que envenando a la sociedad se sana el cuerpo, se podría interpretar como la quimioterapia.

Sí, es cierto que el cuerpo se sentirá mal un tiempo y se debilitará con la quimio, pero se acabará con el cáncer y ya habrá tiempo de recuperar el cuerpo después.

Pero la historia nos muestra que esto no suele funcionar, hasta que alguien decide cortar la espiral con el perdón.

Quizás se logre cierta apariencia de paz con el sometimiento, durante un tiempo, pero los corazones oprimidos de las nuevas generaciones se van educando con rencor y desde que la debilidad llegue al opresor, la reacción del oprimido será la que ha aprendido de su educador-opresor, y esto es: oprimir al opresor.

Hablar de opresor y oprimido no es patrimonio del marxismo. Cualquier ideología, cualquier religión, cualquier estrategia económica o política se puede hacer opresiva cuando deja de perdonar y priva de su libertad y su seguridad a las personas.

Hay otra política para romper las disputas entre las personas, los pueblos, las creencias, las ideologías; romper la cadena de violencia y deshacer los efectos de la historia.

Vale la pena implantar una pedagogía del perdón como estrategia de responsabilidad social educativa mundial

Educar en el perdón

Los teóricos modernos y científicos de la educación, han ignorado tradicionalmente el tema del perdón.

Es verdad que siempre han tratado de fomentar una sociedad de respeto, igualdad, libertad, solidaridad, justicia, paz… Pero además de proclamas y programas de sensibilización…

¿Realmente se han educado personas más comprensivas y respetuosas cuando el daño les toca de cerca? ¿hemos preparado a los jóvenes para ser resilientes, optimistas y pacientes ante las contrariedades?

¿Hemos preparado a las nuevas generaciones para que asuman la responsabilidad de servir a la sociedad, sacar lo mejor de sí y de los demás, sin usarlos o explotarlos?

¿Y cómo se resuelven los conflictos? ¿Les hemos enseñado a reconocer los propios errores? ¿Les hemos enseñado a comprender y reflexionar sobre lo que ocurre a su alrededor o hemos disparado su «pensamiento crítico», que se concreta en susceptibilidad ante supuestas ofensas e irritación por todo lo que no les gusta, y que otros lo resuelvan?

¿Les hemos enseñado a escuchar, a pensar y cuestionarse el pensamiento dominante o hemos formado una generación indignada ante lo políticamente incorrecto, que responde irreflexivamente ante los «intolerantes» porque son enemigos de lo correcto?

Estas preguntas no quieren entrar en el debate político sobre los «valores cívicos», que a menudo son simplemente un conjunto de maniobras políticas diseñadas para arroparse de una palabra poderosa y emocionalmente apreciada en nuestra cultura: «valores».

La educación del perdón está más allá de todo debate sobre los valores, precisamente porque es la base para iniciar un verdadero debate.

Aprender a perdonar, no es dejarse avasallar, no es muestra de debilidad. Es disponerse para aplicar la justicia con sensibilidad y empatía, buscando soluciones que mejore la convivencia.

Saber perdonar requiere saber escuchar sin juzgar, reconocer la parte de culpa, estar dispuesto a rectificar al reconocer los propios errores y ceder en todo aquello que permita avanzar en la sanación social, sin renunciar a las propias convicciones, que son la base para seguir perdonando.

Los conflictos violentos en las parejas, las familias, los amigos, las escuelas, las empresas y en todo el mundo, tienen su origen en la pedagogía de la venganza.

Series de televisión, películas, videojuegos, noticias, música, publicidad, redes sociales, sucesos de la vida cotidiana… Por todas partes emana justificación de la venganza deliberada, que es aplaude cuando se «ajusticia a los malos» y se justifica la guarda de rencor como motivación para aprender a dañar a «los malos».

Si queremos educar en el perdón no basta con parches curriculares, ni siquiera con un gran pacto del sistema educativo.

Es imprescindible que el perdón sea una dinámica que se aprende por ósmosis en nuestra cultura social, en la familia, en los guiones de las películas y dibujos animados…

Pero por algún lugar habrá que empezar y pienso que somos los educadores los embajadores de la pedagogía del perdón.

Que no perdone un internauta anónimo puede afectar en el ambiente, pero que no perdone un padre, una madre o un maestro, resulta altamente condicionante para los niños.

Lo primero que se debe hacer, es sacar el perdón de las iglesias y «nacionalizarlo como patrimonio del pueblo». Todos podemos y debemos perdonar, porque vale la pena, científicamente demostrado.

Pero para perdonar, se requieren convicciones que ya no da en sí la ciencia. La ciencia solo puede reconocerlo, pero creer solo se puede creer si se cree.

Así, habrá que dar razones para perdonar, pero sobre todo ejemplo de perdón, para que se vivencien las consecuencias positivas de la experiencia de perdón.

Para perdonar uno debe saber empatizar

Ya Piaget detectó que el perdón se presenta en una etapa avanzada de desarrollo moral, y comprendió que requería del desarrollo de la empatía. Sin empatía no hay perdón.

La empatía implica el reconocimiento compasivo del otro y solo así le comprendemos en su intención y nos comprendemos también a nosotros mismos.

Por la vía de la experiencia, cualquiera puede aprender, por empatía la inutilidad de la venganza, y este aprendizaje nos lleva al aprendizaje pragmático de que mejor perdonar que sufrir las consecuencias de la venganza; ya sería un paso.

También se aprecia por pura vivencia que mejor son las buenas relaciones que las malas. Así, el perdón, puede ser al menos, la puerta para favorecer las buenas relaciones; ya sería otro paso.

Empatizar, no significa simpatizar. Uno puede seguir manteniendo una enemistad por intereses opuestos y la empatía no les lleva a terminar con ese conflicto, lo que permite es comprenderlo y vivenciar la situación con paz y perdón.

No se trata de hacer personas vaporosos que son amigos de todo el mundo. Lograr que nadie sea enemigo de nadie es imposible y posiblemente innecesario.

Es natural que en la vida haya adversarios y los podamos identificar como enemigos, pero no les trato con rencor sino con respeto y dignidad, perdonando sus ofensas, si bien, me protejo y me defiendo si me atacan.

El arte está en saber perdonar aunque se siga viviendo en discordia. Esta situación, permitirá dar pasos hacia un mayor entendimiento pero quizás nos muramos sin que nunca se resuelvan los conflictos, pero sí aceptando, incluso apreciando, a esos adversarios.

Piaget y científicos más modernos, como Seligman y Peterson, han captado el interés de la educación del perdón pero no han sido capaces de diseñar una pedagogía del perdón cuidadosamente pensada.

Perdonar no es lo mismo que disculpar o excusar

Si se confunde el concepto de perdón con el de disculpa, es comprensible que no se vea bien una «pedagogía de la disculpa». Yo tampoco la veo bien.

Uno debe asumir las consecuencias de sus actos, pero eso no quita que se pueda hacer en una situación de perdón y no de venganza.

El perdón es sanador, la disculpa no. Quien perdona recuerda para sanar, quien disculpa o excusa, olvida para pasar página.

No olvidar la culpa no quiere decir recordarla con resentimiento, sino con agradecimiento incluso, por el aprendizaje que ha supuesto para todos.

Por esto, cuando la sociedad trata de disculpar y olvidar, eso termina por revivir como infección social, porque la herida no se ha curado.

No se trata de aprender a pasar página, sino a purificar esas páginas para empezar con salud la siguiente página y que el pasado, sirva de aprendizaje a las siguientes generaciones.

Disculpar o excusar son dos formas de quitar la culpa a un culpable, mientras que perdonar es reconocer la culpa y buscar la sanación, no la venganza. Perdonar duele a todos, pero es un dolor que sana y vale la pena.

El perdón no quita la herida y su dolor sino que la cura. La pedagogía del perdón implica estudiar la historia con empatía; sin disculpar, sino recordando con perdón y aprendiendo de la experiencia.

Renovar el perdón

Cada generación debe aprender a perdonar los daños del pasado, así como agradecer los beneficios honestos que reportaron.

La pedagogía de la venganza lleva a los alumnos a revolcarse en las heridas y avivar el resentimiento.

Aprendizaje crítico es recordar lo que pasó y elegir perdonar nuevamente. Que no es juzgar la historia con suavidad o debilidad, sino con comprensión y valentía.

Empezar ahora

Diseñar una política educativa de perdón puede llevar su tiempo, pero aprender a perdonar puedes hacerlo ahora mismo.

Primero, haz las paces contigo mismo, luego perdona a tus parientes, a tus amigos, a tus vecinos, a tus jefes, a tus autoridades…

Saca de tu mochila el resentimiento y ya estás empezando a sanar el mundo con la pedagogía del perdón.

Segundo, deja de utilizar el perdón como estratagema. Estás enseñando a los demás que eres un falso, y puede que te perdonen aún así, pero no esperes que te disculpen cuando no tienes un auténtico arrepentimiento.

Si disculpan una y otra vez tus abusos, cuando se sabe que pides perdón sin arrepentimiento, se estaría alimentando una relación dañina, de la que te estás aprovechando, y a la vez dañando.

Quinto, deja de pedir perdón de lo que no es culpa tuya. Muchas veces son otras las personas que hacen que uno se sienta culpable. Piensa si te disculpas demasiado y quizás, tendrás que trabajarte que no te afecte tanto lo que piensen los demás de ti.

Sexto, busca en Internet testimonios de perdón ante casos tremendos. Muestraselos a tus hijos, a tus alumnos y esto será sumamente inspirador para sus jóvenes corazones.

Aquí te dejo una película-documental con múltiples ejemplos de experiencias increíbles de perdón: «El Mayor Regalo»

Las neuronas espejo de cada niño identificarán que el perdón es lo que le pide su cerebro y será la propia dopamina, llegado el momento, quien le pedirá perdonar, auque otra parte del cerebro le pida odiar.

Séptimo, sigue perdonando más allá. No digo que disculpes o excuses a los terroristas, a los corruptos, a los incompetentes, a los violentos; lo que digo es que saques tu odio, te sanes y sanes tu vínculo con ellos.

Enseña a tus hijos y a tus alumnos a no odiar, sino a perdonar sin renunciar a la debida justicia con paz y comprensión.

Juan Pablo II perdonó a quien le disparó pero no trató de interferir en la justicia y cumplió su condena.

Todavía podrás seguir pensando: -«¿pero cómo voy a perdonar y a decir a mis alumnos que deben perdonar a un violador? ¿o a un genocida? ¡¡¿cómo?¡¡

Razones para mantener el odio hay muchas, pero eso lo único que logrará es dar más fuerza al violador en cuanto violador, al genocida en cuanto genocida, y no a la persona que se tiene que sanar y la herida que conviene cicatrizar.

El odio es comprensible pero no arregla nada, sino que hace la herida más profunda y como un virus, infecta a los demás.

Si no liberas a tus alumnos o a tus hijos del odio, lo que consigues no es consuelo sino heridas más y más grande, más y más infectadas.

Aunque no tengas una convicción de fe para perdonar, al menos invita a perdonar por pragmatismo.

Al liberarse del rencor, tus alumnos o hijos podrán ser creativos desde su originalidad, en lugar de reactivos desde el odio que les ata al pasado.

Piensa que si alimentas el odio invitas a la venganza, y ya solo la venganza en el corazón del niño, es un daño. Le estás haciendo violencia y eso no es justo, no tienes derecho.

No pretendas que la persona perdonada acoja tu perdón.

Posiblemente siga igual o peor, pero la pedagogía del perdón no está para que los otros cambien, sino para que uno mismo se libere, y desde la propia liberación, estaremos en mejor disposición de que el mundo cambie.

Cuando uno perdona o pide perdón, ha hecho lo saludable y no puede esperar correspondencia, pero ya es un paso de pacificación.

Si además se da una reconciliación, entonces la paz se transforma en alegría.

Pasos para perdonar en lo personal

  1. Pon nombre a la herida y al hiriente, determina quién ha sido el responsable y hasta qué punto. Reconoce los hechos con objetividad y en su justa medida. Asume tu parte de responsabilidad también.
  2. Acepta la herida como parte de lo que ya eres, como sucede en las heridas biológicas. Unas se podrán cauterizar mejor que otras, dejarán cicatriz o no, pero ya son parte de tu historia de vida, para siempre.
  3. Elige perdonar. Que no es disculpar, ni excusar. Si los hechos tienen consecuencias, tendrá que asumirlas, pero tú, ya estás en paz con el hiriente. Por lo que a ti respecta, esa persona no te debe nada. Para ti el hiriente ha dejado de estar empegostado en tu corazón por el rencor. No miras hacia atrás, preguntándote: «¿por qué sucedió?» Ya está, pasó, aprende y agradece lo que se ha proporcionado de experiencia y maduración. Ahora, mira hacia delante, con el corazón libre.
  4. No esperes una compensación. No vivas como una víctima, libérate de lo sucedido, no busques cobrarte una deuda. El perdón te dará la fuerza y no necesitarás nada del hiriente. Cualquier compensación que pudiera llegar será bienvenida, pero no la necesitas, nadie más que tú eres responsable de tus siguientes pasos en la vida. No culpes a nadie tu dolor. Al sanar tu herida, ya no hay herida, ya no hay hiriente, ya no hay víctima, solo un aprendiz de la vida que ha crecido humanamente gracias al perdón.

Así, en cuatro pasos parece sencillo, pero la realidad es más bien difícil. Es conveniente que los niños, desde muy pequeños, aprendan a perdonar para crear redes de conexiones sinápticas de neuronas en su cerebro que les ayudará a perdonar con naturalidad.

Pero los daños en la vida pueden ser tan fuertes que la capacidad de perdonar se nos pone a prueba. Este «sencillo» proceso se puede alargar en el tiempo. Si no puedes perdonar, al menos, ten deseos de perdonar y pide ayuda.

Recomendaciones para perdonar de corazón

No te empeñes en olvidar, insiste en perdonar, renueva tu perdón. Y no trates de recordar hurgando en la herida. Deja de culpabilizar o culpabilizarte. Deja de avergonzarte, de humillarte, de difamar, de alimentar el resentimiento, en definitiva.

Sencillamente, rompe el círculo de la violencia y libérate.

Si el mal fue un verdadero mal, no disculpes, ni excuses: estuvo mal. Le perdonas vale, y ya está. Quédate en paz. No te rayes y piensa el lo que te ofrece la vida, no en lo que te ha quitado.

Si es necesario, deberás tomar distancia para protegerte pero eso, bien vivido, debe acentuar tu vivencia de perdón y no de «rayadura».

Es posible que quieras que tu hiriente reconozca su culpa, se humille y repare públicamente el daño ocasionado. Es comprensible pero insistir si el hiriente se niega a hacerlo, te mantendrá atrapado en el pasado.

Puedes insistir en que repare, para tratar de reducir el daño en lo posible, pero mientras no perdonemos y nos reconciliemos con nuestro presente, no podremos seguir avanzando. Tú verás.

Sin disculpar, sin excusar, pero pasa por alto lo que te sigue dañando el corazón y solo rememora lo que te ayude a perdonar.

El perdón entre los pueblos y colectivos

Esta es una de las claves para incorporar la pedagogía del perdón en la educación.

La pedagogía del perdón no solo limita las experiencias de perdón al ámbito privado e individual, sino que las promueve en la esfera pública y comunitaria.

La pedagogía del perdón comienza con los educadores pero se arraiga cuando los colectivos se perdonan unos a otros.

El perdón entre colectivos y pueblos es mucho más complejo y para que realmente sea un camino de paz, es necesaria buscar la reciprocidad que tienda a lareconciliación.

Todos nacemos dentro de una comunidad, y puede ocurrir que, sin haber sufrido daños en sus propias carnes, uno herede los resentimientos y odios de su mayores.

Pero si nacemos acompañados por una pedagogía del perdón, las nuevas generaciones podrán valorar críticamente esos resentimientos y aprender a perdonar, con la paciencia de quien sabe que no es instantáneo y con la renuncia a la venganza, pero sin renunciar a la justicia.

Con la pedagogía del perdón podemos aprender a ver a otros países o colectivos como miembros de una misma «familia humana».

Además, como comunidades diferentes, podemos aprender a tratarnos como vecinos y amigos potenciales.

Ideas para implementar la pedagogía del perdón

Ciertamente, el cambio requeriría una acción universal coordinada desde los organismos supranacionales pero para quienes nos dedicamos a la educación, podemos empezar por lo siguiente:

  1. Incorporar en nuestros grupos-clases las tutorías personales para ayudar a los estudiantes y sus familias a vivir los valores éticos vinculados al perdón: justicia, amabilidad, responsabilidad, respeto, empatía, diálogo, humildad, generosidad, resiliencia, paciencia, valentía, sinceridad…
  2. Aprovechar nuestra materia, el particular los docentes de ciencias sociales, para ayudar a caer en la cuenta de los errores del pasado, con empatía desde el perdón, pero sin disculpas ni excusas. Pero reconociendo también los logros con agradecimiento.
  3. Apreciar con empatía los colectivos o pueblos que de algún modo pueden verse como un mal, dañinos o perjudiciales, y desde la comprensión y la honestidad intelectual, tratar de comprender todos los puntos de vista y la diversidad de razones. Captar a las personas más allá de las categorías grupales, superar prejuicios y evitar estereotipos.
  4. Mostrar lo ventajoso y atractivo que resulta el perdón con ejemplos históricos y testimonios de perdón.
  5. Partir de la realidad de que todos los colectivos y pueblos necesitamos sanación. Ayudar a los alumnos a reconocer los errores de sus propias comunidades y colectivos, así como los aciertos de las comunidades y colectivos diferentes. Que muestren comprensión incluso de aquellos que les han podido hacer daño, sin disculpar, sino perdonando.
  6. Evitar la victimización y el paternalismo. Desde el perdón, promover el trato personalizado en igualdad, la interdependencia y la justicia, pero sin revanchismo ni sentimentalismo autoculpabilizante.
  7. Promover la plena aceptación de l»los otros y diversos», sin tolerancias superficiales y políticamente correctas. Aceptación de corazón.
  8. Promover en las minorías vulnerables el sentido de justicia basado en el perdón, y no en la revancha, la culpabilización, la venganza o el chantaje social.
  9. Promover la magnanimidad y hacer comprender que las cargas del perdón y la reconciliación no son siempre iguales o simétricas, pero que en cualquier caso, a todos les va a costar lo máximo que puedan dar.
  10. Ser sinceros en nuestra educación en valores y evitar disfrazar nuestra venganza, llamándola justicia. Quien aviva el odio hace daño a la educación.
  11. Promover la elegancia ante los malvados, «no hacer leña del árbol caído» y no devolver mal por mal. Cortar toda manifestación de burla, desprecio y reproche que pueda romper los puentes de la reconciliación. Por verdaderos que sean esos comentarios, al faltar actitud de perdón, en realidad no son verdaderos, sino sencillamente ciertos. Tan ciertos como dañinos. Si fueran verdaderos, serían sanadores.

Te invito a ser embajador de la pedagogía del perdón

Cualquier educador de buena voluntad que se tome en serio la educación puede ser embajador de la pedagogía del perdón, sean cuales sean sus convicciones políticas o religiosas, su color de piel, su orientación sexual, sea quien sea, todos podemos perdonar y ser perdonados.

Te invito a promover la pedagogía del perdón más allá de tu propia aula, de la propia escuela, de la propia comunidad; ir más allá, tanto como tu capacidad te permita. Y entre todos, hacer de la pedagogía del perdón una realidad que transforme el mundo.

Sé el primero que reivindique justicia desde el perdón y no desde el resentimiento, el odio o la venganza. Un educador que tiene una lengua venenosa no puede ser embajador del perdón, por mucho que quiera ponerse medallas de igualdad, justicia y solidaridad.

Mi sueño es que la pedagogía del perdón alimente las políticas mundiales de los próximos años, y todo puede comenzar con tus alumnos y sus familias.

Aspiro a que la pedagogía del perdón sea algún día reconocido como patrimonio de la humanidad.

Seremos pacificadores del mundo y podremos aspirar a que el premio Nobel de la Paz sea concedido, no a una persona, sino a todo un gremio: los educadores del mundo unidos por el perdón.

Educarse es aprender a buscar, amar y entregarse

Necesitamos la educación para aprender a buscar, amar y entregarnos, solo así nos realizamos como seres humanos, como el ser humano original que cada uno es.

Estas tres tendencias nos ayudan a crecer como una persona completa, como un nosotros-maduro.

En el corazón humano, estas tres tendencias no se presentan de forma consecutiva, sino que son simultáneas: tenemos hambre de buscar, amar y entregarnos, y la educación nos dispone para, en conciencia, buscar, amar y entregarse a lo que vale la pena.

En condiciones desfavorables, la persona reduce su búsqueda, amor y entrega, a lo que le proporciona seguridad y protección, descuidando su originalidad que le mueve a lo sublime por la creatividad, y que supone la vida plena de entrega a lo que realmente vale la pena, a lo que llena el corazón por completo: el Amor.

Resulta fundamental para la educación que las personas en sociedad garanticemos la igualdad, la justicia y la paz. Nadie puede sentirse excluido del deber de velar por la seguridad de todas las personas.

Ningún educador puede desentenderse de la responsabilidad social educativa de que todo el mundo viva en seguridad para poder «vivir la EDUCACIÓN», con mayúsculas.

Pero para que una persona viva la Educación, no se le puede hacer esperar a que se resuelvan las desigualdades estructurales en las que se ve envuelta.

A la vez que luchamos por ofrecer las mejores condiciones de seguridad, debemos ayudar a cada persona a crecer hacia un sentido más profundo, y no sin más, a que aprenda a satisfacer sus necesidades de seguridad.

Las personas podemos crecer a pesar de no encontrarnos en las mejores condiciones ambientales, pero requiere de educadores que ofrezcan la seguridad que no ofrece su entorno, para arriesgarse a crecer sin miedo.

Esto requiere fe en el educador, pues lo que me muestra el mundo que experimento, es otra cosa. Pero si le dejamos a merced de lo que le ofrece su mundo, nunca saldrá de ese mundo-celda, nunca romperá ese «techo de cristal», nunca podrá elegir ser la mejor versión de sí mismo, si quiere.


Marcos Portillo en Sierra Leona. Desarrollo de escuelas y comunidades

Así, no se trata de resolver las necesidades de seguridad para luego satisfacer las de desarrollo, sino que pueden y deben satisfacerse simultaneamente tratando de arropar a los educandos en un nosotros-maduro.

Aprender a gestionar el deseo de recibir y el deseo de dar

Educar es aprender a gestionar el propio deseo y no solo el deseo de seguridad y de satisfacción de necesidades primarias, sino también el deseo de desarrollarse y compartir el desarrollo en un nosotros-maduro. Esto es, aprender a desear a lo grande.

En la base de desear a lo grande está la apertura hacia lo deseado, que impulsa al cuerpo y a la mente a explorar, a salir de la zona de seguridad, a buscar y arriesgar, para encontrar el sentido de la propia vida.

La educación no es un mero hacer, además de experimentar la Verdad, se requiere reflexionar, contemplarla y dejarse hacer por ella.

Las personas no solo necesitamos seguridad, eso es solo la base, además, necesitamos experiencias significativas y desafiantes, que nos permitan descubrir el propio sentido, amar la verdad que encierra uno mismo y entregarse a ella con todo lo que uno es.

El deseo de recibir se ocupa del tener, de la seguridad, de la satisfacción de las necesidades biológicas, tanto individuales como de la especie, así como de la defensa de todo lo que supone el «nosotros» y la protección de cada «yo».

Pero el deseo humano no se colma con la seguridad, desea arriesgar, desea expresar, crear, descubrir, servir, ayudar, cooperar, en definitiva, dar y darse. El deseo de dar y de darse, hacen tender a la persona a buscar, amar y entregarse.

Aprender a buscar

La búsqueda humana está motivada principalmente por la apertura (por el espíritu), la expansión de la propia originalidad, la comprensión de la originalidad de lo otro y la creación de valor, de belleza, de amor y de unidad.

Aprender a buscar de verdad, es aprender a crear y descubrir nuevas oportunidades para desarrollarse y entregarse en conciencia, de forma original, a lo que vale la pena.

Buscar como mero placer dopamínico es un reduccionismo y una deformación de la búsqueda humana. Buscar por buscar, buscar por experimentar sensaciones y seguir buscando para seguir sintiendo, es un miseria que se paga caro en la propia integridad y en la integridad del nosotros, formándose falsos-nosotros en los que se buscan unos a otros para nutrirse unos de otros.

La búsqueda sin un sentido más allá del de satisfacer las tendencias del cuerpo y de la mente llevan a la adicción, a la dependencia, a la frustración, a la violencia. Hoy más que nunca se requiere aprender a buscar la paz, el amor y la alegría que se encuentra en responder a la propia originalidad.

Aprender a buscar supone buscar en conciencia la propia originalidad, y no puede ni debe reducirse a buscar satisfacer necesidades de mera protección y placer. Sería como buscarse una cárcel existencial, limitando la vida a escapar de la propia celda que uno mismo se ha creado.

El «hambre» de búsqueda sigue presente en el ser humano y el educador lo tiene como su mayor aliado, como su segundo mejor recurso didáctico (el primero es el propio educador).

La búsqueda es la motivación esencial de la educación y desde que el sistema de educativo deja de ofrecer cosas asombrosas que buscar, el niño busca el asombro en la perenne impactación de las pantallas que le van atrofiando su capacidad de asombro.

La necesidad de buscar no es un salir para «cazas» y nutrirse, o «comerciar» y hacer negocios. La búsqueda humana es salir para darse, es algo más que satisfacción egocéntrica. El deseo natural de explorar busca el desarrollo, el amor y la entrega a lo valioso.

No buscamos como el resto de animales. Los animales no requieren de educación para buscar, pero el buscar humano es insaciablemente curioso y la educación es el camino necesario para conocerse a sí mismo, conocer el mundo y expresarse con creatividad, con sentido, con amor, con una intención.

Los humanos han desarrollado una capacidad de búsqueda sin precedentes en el reino animal. Se sabe lo que buscan los animales, pero no es tan sencillo determinar qué está buscando cada persona.

Busca con la música, con la pintura, con la ciencia, con la literatura, con el cine, con el juego. Esa búsqueda tiene los mismos principios neuropsicológicos del resto de animales. Se aprecia la evolución en nuestro cerebro, pero la búsqueda humana va mucho más allá, infinitamente más allá, que la del resto de animales.

Educar es capacitar para la libertad. Podría parecer que todo sería más sencillo si no tuviéramos libertad. Sin embargo, la libertad no es una desgracia, no es el problema.

El problema es no saber qué estoy buscando con esa libertad. Si no se lo que busco y no tengo un instinto que me lo determine, nunca podré encontrarlo. Todo resultará frustrante y vacío.

Pero no, muchas personas a lo largo de la historia han dado testimonio con su vida. Más mostrado que supieron buscar ese algo más, porque lo encontraron. Al menos, se puede constatar que lo que encontraron les colma como vida llena de sentido, les proporciona una felicidad sostenible.

Paradójicamente, esas personas suelen tener en común un particular encuentro con el sufrimiento, que no buscaban, pero les salió al encuentro. La búsqueda no es huida, sino encuentro con lo que vale la pena, por grande que sea la pena, porque el valor lo vale.

Cada ser humano busca en la soledad de sí mismo, pero a la vez busca dentro de un nosotros de solitarios que buscan, lo que nos lleva a buscar juntos, unidos, y quizás, esa búsqueda compartida ya es un inicio de encuentro.

Pero el deseo de búsqueda no se sacia en la seguridad del nosotros; mira al horizonte y pregunta a los viajeros que llegan: -¿qué hay más allá? -Yo te puedo contar mi búsqueda pero la tuya, sólo tú puedes hacerla. Sal y busca por tí mismo, solo tú tienes el mapa de tu tesoro.

El educador es ese guía que acompaña al niño y al joven en su inicio de búsquedas cada vez más profundas. Pero no busca por él, no le encuentra las respuestas, sino que le invita a que se adentre y encuentre por sí mismo. El maestro es guía, no porque guíe, sino porque enseña a guiarse a sí mismos, con el mapa de la propia conciencia y la brújula de la autenticidad.

Aprender a amar y entregarse

Las otras dimensiones del deseo de darse, el amor y la entrega, se basan en la tendencia de buscar para alcanzar niveles más altos de realización.

Esta realización se manifiesta en la integración de sí mismo como unidad de amor formando un nosotros-maduro, como despliegue de ese amor que se desborda en sí.

Para llegar a esta integración, la persona debe pasar por diferentes experiencias de desintegración. Buscando, uno se pierde, o incluso, se pierde sin buscar. Y es en el reencuentro de sí, es la integración de uno mismo, donde encuentra el amor que le recompone con mayor fuerza, con mayor libertad, con mayor madurez.

Cuando esto ocurre, se habla de desintegración positiva, pero si no se encuentra, la persona vive desintegrada en la frustración, el sufrimiento, el vacío y la desesperación.

Qué importante es enseñar a buscar, en particular, a las personas altamente sensibles, para que sepan reintegrarse por la sanación de sus miedos y el encuentro del amor que da paz y alegría, aunque duela.

Educar es capacitar para el amor y ese amor solo se realiza en la entrega de sí, que supone una perpetua libertad para entregarse constantemente.

Entregados al Amor, es una forma de vivir que duele y genera angustia. La educación nos hace fuertes de corazón, a la vez que sensibles, para darlo por entero.

Puede ser visto por algunos como un sin sentido, sin embargo, es lo único que tiene sentido: entregarse en conciencia a lo que quiero, a lo que amo, ¿qué sentido tiene otra cosa?

Sí, pero supone sufrimiento. Me podrías decir. Bien, te contesto, pero quien no aprende a sufrir, termina sufriendo por todo. Además, de tanto huir del sufrimiento, uno termina cerrando las puertas a la propia felicidad. Y ahí, encerrado en la cárcel de la existencia, uno quizás se sienta seguro, pero no se siente libre.

Ha sacrificado su libertad en el altar de la seguridad, y ese sacrificio hace a la persona esclava del destino. Quien estaba llamado a buscar su destino y a decidirlo por sí mismo, renuncia a la búsqueda. Pero será el destino quien busque a esa persona y terminará metiendo en su propia celda defensiva, al sufrimiento del que tanto huía.

Buscar el amor supone salir, constantemente, de la propia zona de confort, desarrollando el todo el potencial para entregarlo al Amor.

Ahí a la intemperie, uno puede sentirse inseguro, perdido, vulnerable, pero si uno ha encontrado el Amor que busca, ya puede hundirse el mundo que su vida tiene sentido y la alegría es indescriptible. Y como dice el poeta, quien lo probó, lo sabe.

Uno puede elegir arroparse en la seguridad del Miedo y hacerse pequeñito, o puede abrirse a la seguridad del Amor y hacerse infinito.

-¿Pero dónde está ese Amor?. Busca, busca de verdad. En conciencia, sin miedo.

Solo un educador que se haya abierto al Amor podrá invitar al Amor. No basta con que alguien haya dicho que el Amor existe, debe ser un encuentro personal, un habitar el Amor o no se podrá educar en el Amor.

Aun así, el Amor es tan poderoso, que un educador sin amor puede, como la Luna que no tiene luz pero reflejar la luz del Sol, inspirar a sus alumnos para que sepan encontrar en sus corazones, aquello que su educador no está sabiendo dar por sí mismo.

No obstante, esta experiencia indirecta, si bien puede llevarnos al mismo destino, supone un camino que desgarra la piel, que destroza la carte, que parte el corazón, y es en la curación, ya quizás en la madurez de la vida, cuando uno descubre el Amor que no tuvo cuando nació o cuando creció.

Los educadores deben ser grandes buscadores, inconformistas, sufridores, dolientes, alegres, humildes, esperanzados; que dan dos pasos hacia delante y uno hacia atrás. Pero avanzan y cada paso hacia atrás, es un nuevo impulso de humildad y empuje para amar. Ese ejemplo es extraordinariamente educador.

El Amor no se puede transmitir con palabras, como tampoco se aprende a nadar con un tutorial de Youtube; a nadar se aprende nadando y a amar se aprende amando.

El hijo amado, el alumno amado, aprende algo de qué es eso del amor, y querrá buscarlo, porque tiene esa tendencia en el corazón, y cuando lo encuentre lo amará y si su amor es verdadero, se entregará.

Pero como se dijo al principio, no es una línea consecutiva de acciones: buscar, amar, entregarse, sino una sinergia simultánea de tres tendencias que se pueden manifestar en cada instante, porque al buscar, uno encuentra el Amor, si el Amor quiere, y al encontrarlo uno se entrega, si uno quiere.

Este es el sentido más profundo de la educación, vivir cada instante como una gran fiesta en la que se celebra la alegría del Amor. Y en esa Fiesta, uno mismo es el banquete, el invitado y el anfitrión en el Amor, formando un Nosotros-Maduro.

EDUCAR LA INGENUIDAD PARA HABITAR LA VERDAD

Uno habita en su casa, en su propiedad, aquello en donde puede cultivar y construir; habitamos el hogar. En nuestro hogar es donde nos sentimos en casa, es el lugar al que se vuelve y desde el que se sale a la aventura, donde nos reponemos y nos relacionamos en intimidad con quienes amamos incondicionalmente. En casa nos relajamos, estamos en confianza, nos sentimos a gusto, nos damos unos a otros, formamos una familia. En casa somos libres y responsables, estoy porque quiero y porque quiero, me doy por entero. Es donde perdonamos y se nos perdona sin parar.

Si uno se plantea que esto no es posible en su casa, probablemente haya dejado de ser su casa, ya no es un ingenuo (un indígena, del latín ingenuus, libre de nacimiento) en su tierra, sino un tirano que trata de someter a otros o un siervo que se ve sometido por alguna tiranía.

La Verdad es la casa universal de todos, pero sólo la habita como “mi hogar” quien es un ingenuo, un indígena de la verdad, natural de lo auténtico. Los astutos, sin embargo, la consideran una prisión. Su infinidad enreja su ego y para tratar de escapar, intentan hacerse con su control, pero es como la propia sombra, que por mucho que corramos nunca nos separamos de ella, salvo que apaguemos la luz…

Los astutos intentan en vano poseer la verdad, apagar la luz, construir en tinieblas, deconstruir con falsedades, ocultar los hechos, manipular los frutos, reservarse pequeñas verdades para controlarlos a otros, pero esto les hace invasores en tierra extranjera, siervos de la mentira, tiranos de la vanidad, cultivadores de miedos, constructores de falsedades. Y, sin embargo, paradójicamente, ya eran nacidos en la Verdad, eran propietarios desde el origen, pero al renunciar a la ingenuidad, han renunciado a sus derechos de pertenencia.

Y es que el ingenuo sabe que es descendiente original, pero no es el origen de la Verdad. Es heredero de la Verdad si la acepta, pero no es la Verdad ni el origen de la Verdad. Y es que quien renuncia a su herencia y se autoproclama “verdad” u origen de la verdad, suicida su ingenuidad y se hace desertor de la Verdad para enrolarse en las filas de la Mentira.

La Mentira no es lo contrario de la Verdad, sino la imitación más perfecta que pueda ser realizada de la original Verdad. Quién se abraza a la Mentira, en realidad, piensa que abraza la Verdad o que al menos, se encuentra en camino de conquistarla. Y cuanto más poderosa es la Mentira, más difícil es diferenciarla de la Verdad, que sólo es distinguible por los ingenuos, más ingenuos: “el rey está desnudo”

A la Mentira le encanta que los habitantes de la Verdad dejen de ser ingenuos para combatir la mentira porque así, sin desearlo, se pasan a su bando. Pero los ingenuos, «esos estúpidos seres insensatos» no hay quienes les engañe y la Mentira queda desarmada: –«¡Acabemos con los ingenuos, llamémosle ignorantes, dogmáticos, radicales, fundamentalistas, enfermos, antisociales, incívicos, enemigos de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad… Hagamos que, si un ingenuo vuelve a decir que “el rey está desnudo”, que le neutralicen por intolerante fundamentalista y que, si todavía queda por ahí algún ingenuo despistado, que aprenda que si abren la boca, no correrá mejor suerte».

La Mentira cuando controla, organiza la educación para formar astutos y combatir la ingenuidad.

El niño debe dejar de asombrarse ante la Verdad, debe olvidarse de cultivar y construir en la Verdad. Por el contrario, debe adquirir las verdades tolerables por la Mentira y las mentiras básicas que le alejen de la ingenuidad.

El mantra será la técnica pedagógica por excelencia: “no existe la verdad”, “no existe la verdad”, “cada uno tiene su verdad”, “los ingenuos fracasan y los astutos triunfan”, «debemos respetarnos», etc. «Y quien afirme que el «rey está desnudo» es un intolerante fundamentalista».

Desde la Mentira se explica que habitar la Verdad es imponer y eso significa perder la libertad. En nombre de la libertad, la Mentira lucha contra la libertad, como no podría esperarse de otro modo. Así, los niños aprenden a renunciar al habitar libres en la verdad para poder ser libres según la Mentira, pero en Verdad, están tiranizados.

La educación así no se orienta a desplegar la propia originalidad natural de la verdad, se entrena al niño para ser astuto, para hacerse una verdad a la medida de su ego y para cazar a los indígenas que le digan que, en Verdad “está desnudo”.

Así las cosas, ser ingenuo es muy peligroso pero solo desde la ingenuidad se podrá habitar la verdad con libertad, con autenticidad, por lo que vale la pena educar la ingenuidad.