El tesoro educativo del silencio infantil

Para algunos, el silencio es un recurso pedagógico del pasado. Propio de pedagogías transmisionistas, donde el niño es amaestrado para que contenga su natural alboroto y preste atención a la cansina instrucción del maestro: «!muerte al silencio, viva la actividad, emocionemos a los niños¡

¿Pero quién dice que el silencio no es emocionante? Solo quien nunca haya bailado con su música interior.

El silencio educador no es callarse y escuchar al maestro; no es dejar de hacer para que entren las ideas que le transmiten, sino es un silencio habitativo; muchísimo más activo que mil alborotos juntos. El silencio del niño que juega con su conciencia y vivencia eternidades. El cerebro se ramifica con sus imaginaciones, viviendo aventuras espectaculares. Silencio que educa porque es su originalidad la que interpreta la música y el niño la baila. El rostro del niño jugando, viviendo en silencio la expresión de lo auténtico. El niño en silencio habita su conciencia sin posar, es genuino y revelador del misterio de su corazón.

Déjale jugar en silencio, no busques esos entretenimientos ruidosos o esas pantallas que desactivan el murmullo de su creación interior. Y dices que te lo pide, y que si no le das la pantalla, no para… Cierto, no paran porque busca la música de su conciencia, pero les hemos encerrado en la actividad exterior, en una cárcel de atención a lo otro y no escuchan los gritos de su originalidad: –niño, juega conmigo, juega contigo, hazte quien eres.

Orgullosos de quitar el silencio de la educación, los educadores no saben que están quitando las flores del jardín, la miel del panal, y toda la actividad que puedan juntar nunca será suficiente para sustituir el infinito activo de su conciencia. por mucho que puedan motivar, nunca llegarán al infinito motivo que en su corazón les entusiasma. Dejadles jugar, permitidles que se aburran y así buscarán lo que en verdad quieren; disfrutar de corazón, jugar con el alma.

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