Educarse es aprender a buscar, amar y entregarse

Necesitamos la educación para aprender a buscar, amar y entregarnos, solo así nos realizamos como seres humanos, como el ser humano original que cada uno es.

Estas tres tendencias nos ayudan a crecer como una persona completa, como un nosotros-maduro.

En el corazón humano, estas tres tendencias no se presentan de forma consecutiva, sino que son simultáneas: tenemos hambre de buscar, amar y entregarnos, y la educación nos dispone para, en conciencia, buscar, amar y entregarse a lo que vale la pena.

En condiciones desfavorables, la persona reduce su búsqueda, amor y entrega, a lo que le proporciona seguridad y protección, descuidando su originalidad que le mueve a lo sublime por la creatividad, y que supone la vida plena de entrega a lo que realmente vale la pena, a lo que llena el corazón por completo: el Amor.

Resulta fundamental para la educación que las personas en sociedad garanticemos la igualdad, la justicia y la paz. Nadie puede sentirse excluido del deber de velar por la seguridad de todas las personas.

Ningún educador puede desentenderse de la responsabilidad social educativa de que todo el mundo viva en seguridad para poder «vivir la EDUCACIÓN», con mayúsculas.

Pero para que una persona viva la Educación, no se le puede hacer esperar a que se resuelvan las desigualdades estructurales en las que se ve envuelta.

A la vez que luchamos por ofrecer las mejores condiciones de seguridad, debemos ayudar a cada persona a crecer hacia un sentido más profundo, y no sin más, a que aprenda a satisfacer sus necesidades de seguridad.

Las personas podemos crecer a pesar de no encontrarnos en las mejores condiciones ambientales, pero requiere de educadores que ofrezcan la seguridad que no ofrece su entorno, para arriesgarse a crecer sin miedo.

Esto requiere fe en el educador, pues lo que me muestra el mundo que experimento, es otra cosa. Pero si le dejamos a merced de lo que le ofrece su mundo, nunca saldrá de ese mundo-celda, nunca romperá ese «techo de cristal», nunca podrá elegir ser la mejor versión de sí mismo, si quiere.


Marcos Portillo en Sierra Leona. Desarrollo de escuelas y comunidades

Así, no se trata de resolver las necesidades de seguridad para luego satisfacer las de desarrollo, sino que pueden y deben satisfacerse simultaneamente tratando de arropar a los educandos en un nosotros-maduro.

Aprender a gestionar el deseo de recibir y el deseo de dar

Educar es aprender a gestionar el propio deseo y no solo el deseo de seguridad y de satisfacción de necesidades primarias, sino también el deseo de desarrollarse y compartir el desarrollo en un nosotros-maduro. Esto es, aprender a desear a lo grande.

En la base de desear a lo grande está la apertura hacia lo deseado, que impulsa al cuerpo y a la mente a explorar, a salir de la zona de seguridad, a buscar y arriesgar, para encontrar el sentido de la propia vida.

La educación no es un mero hacer, además de experimentar la Verdad, se requiere reflexionar, contemplarla y dejarse hacer por ella.

Las personas no solo necesitamos seguridad, eso es solo la base, además, necesitamos experiencias significativas y desafiantes, que nos permitan descubrir el propio sentido, amar la verdad que encierra uno mismo y entregarse a ella con todo lo que uno es.

El deseo de recibir se ocupa del tener, de la seguridad, de la satisfacción de las necesidades biológicas, tanto individuales como de la especie, así como de la defensa de todo lo que supone el «nosotros» y la protección de cada «yo».

Pero el deseo humano no se colma con la seguridad, desea arriesgar, desea expresar, crear, descubrir, servir, ayudar, cooperar, en definitiva, dar y darse. El deseo de dar y de darse, hacen tender a la persona a buscar, amar y entregarse.

Aprender a buscar

La búsqueda humana está motivada principalmente por la apertura (por el espíritu), la expansión de la propia originalidad, la comprensión de la originalidad de lo otro y la creación de valor, de belleza, de amor y de unidad.

Aprender a buscar de verdad, es aprender a crear y descubrir nuevas oportunidades para desarrollarse y entregarse en conciencia, de forma original, a lo que vale la pena.

Buscar como mero placer dopamínico es un reduccionismo y una deformación de la búsqueda humana. Buscar por buscar, buscar por experimentar sensaciones y seguir buscando para seguir sintiendo, es un miseria que se paga caro en la propia integridad y en la integridad del nosotros, formándose falsos-nosotros en los que se buscan unos a otros para nutrirse unos de otros.

La búsqueda sin un sentido más allá del de satisfacer las tendencias del cuerpo y de la mente llevan a la adicción, a la dependencia, a la frustración, a la violencia. Hoy más que nunca se requiere aprender a buscar la paz, el amor y la alegría que se encuentra en responder a la propia originalidad.

Aprender a buscar supone buscar en conciencia la propia originalidad, y no puede ni debe reducirse a buscar satisfacer necesidades de mera protección y placer. Sería como buscarse una cárcel existencial, limitando la vida a escapar de la propia celda que uno mismo se ha creado.

El «hambre» de búsqueda sigue presente en el ser humano y el educador lo tiene como su mayor aliado, como su segundo mejor recurso didáctico (el primero es el propio educador).

La búsqueda es la motivación esencial de la educación y desde que el sistema de educativo deja de ofrecer cosas asombrosas que buscar, el niño busca el asombro en la perenne impactación de las pantallas que le van atrofiando su capacidad de asombro.

La necesidad de buscar no es un salir para «cazas» y nutrirse, o «comerciar» y hacer negocios. La búsqueda humana es salir para darse, es algo más que satisfacción egocéntrica. El deseo natural de explorar busca el desarrollo, el amor y la entrega a lo valioso.

No buscamos como el resto de animales. Los animales no requieren de educación para buscar, pero el buscar humano es insaciablemente curioso y la educación es el camino necesario para conocerse a sí mismo, conocer el mundo y expresarse con creatividad, con sentido, con amor, con una intención.

Los humanos han desarrollado una capacidad de búsqueda sin precedentes en el reino animal. Se sabe lo que buscan los animales, pero no es tan sencillo determinar qué está buscando cada persona.

Busca con la música, con la pintura, con la ciencia, con la literatura, con el cine, con el juego. Esa búsqueda tiene los mismos principios neuropsicológicos del resto de animales. Se aprecia la evolución en nuestro cerebro, pero la búsqueda humana va mucho más allá, infinitamente más allá, que la del resto de animales.

Educar es capacitar para la libertad. Podría parecer que todo sería más sencillo si no tuviéramos libertad. Sin embargo, la libertad no es una desgracia, no es el problema.

El problema es no saber qué estoy buscando con esa libertad. Si no se lo que busco y no tengo un instinto que me lo determine, nunca podré encontrarlo. Todo resultará frustrante y vacío.

Pero no, muchas personas a lo largo de la historia han dado testimonio con su vida. Más mostrado que supieron buscar ese algo más, porque lo encontraron. Al menos, se puede constatar que lo que encontraron les colma como vida llena de sentido, les proporciona una felicidad sostenible.

Paradójicamente, esas personas suelen tener en común un particular encuentro con el sufrimiento, que no buscaban, pero les salió al encuentro. La búsqueda no es huida, sino encuentro con lo que vale la pena, por grande que sea la pena, porque el valor lo vale.

Cada ser humano busca en la soledad de sí mismo, pero a la vez busca dentro de un nosotros de solitarios que buscan, lo que nos lleva a buscar juntos, unidos, y quizás, esa búsqueda compartida ya es un inicio de encuentro.

Pero el deseo de búsqueda no se sacia en la seguridad del nosotros; mira al horizonte y pregunta a los viajeros que llegan: -¿qué hay más allá? -Yo te puedo contar mi búsqueda pero la tuya, sólo tú puedes hacerla. Sal y busca por tí mismo, solo tú tienes el mapa de tu tesoro.

El educador es ese guía que acompaña al niño y al joven en su inicio de búsquedas cada vez más profundas. Pero no busca por él, no le encuentra las respuestas, sino que le invita a que se adentre y encuentre por sí mismo. El maestro es guía, no porque guíe, sino porque enseña a guiarse a sí mismos, con el mapa de la propia conciencia y la brújula de la autenticidad.

Aprender a amar y entregarse

Las otras dimensiones del deseo de darse, el amor y la entrega, se basan en la tendencia de buscar para alcanzar niveles más altos de realización.

Esta realización se manifiesta en la integración de sí mismo como unidad de amor formando un nosotros-maduro, como despliegue de ese amor que se desborda en sí.

Para llegar a esta integración, la persona debe pasar por diferentes experiencias de desintegración. Buscando, uno se pierde, o incluso, se pierde sin buscar. Y es en el reencuentro de sí, es la integración de uno mismo, donde encuentra el amor que le recompone con mayor fuerza, con mayor libertad, con mayor madurez.

Cuando esto ocurre, se habla de desintegración positiva, pero si no se encuentra, la persona vive desintegrada en la frustración, el sufrimiento, el vacío y la desesperación.

Qué importante es enseñar a buscar, en particular, a las personas altamente sensibles, para que sepan reintegrarse por la sanación de sus miedos y el encuentro del amor que da paz y alegría, aunque duela.

Educar es capacitar para el amor y ese amor solo se realiza en la entrega de sí, que supone una perpetua libertad para entregarse constantemente.

Entregados al Amor, es una forma de vivir que duele y genera angustia. La educación nos hace fuertes de corazón, a la vez que sensibles, para darlo por entero.

Puede ser visto por algunos como un sin sentido, sin embargo, es lo único que tiene sentido: entregarse en conciencia a lo que quiero, a lo que amo, ¿qué sentido tiene otra cosa?

Sí, pero supone sufrimiento. Me podrías decir. Bien, te contesto, pero quien no aprende a sufrir, termina sufriendo por todo. Además, de tanto huir del sufrimiento, uno termina cerrando las puertas a la propia felicidad. Y ahí, encerrado en la cárcel de la existencia, uno quizás se sienta seguro, pero no se siente libre.

Ha sacrificado su libertad en el altar de la seguridad, y ese sacrificio hace a la persona esclava del destino. Quien estaba llamado a buscar su destino y a decidirlo por sí mismo, renuncia a la búsqueda. Pero será el destino quien busque a esa persona y terminará metiendo en su propia celda defensiva, al sufrimiento del que tanto huía.

Buscar el amor supone salir, constantemente, de la propia zona de confort, desarrollando el todo el potencial para entregarlo al Amor.

Ahí a la intemperie, uno puede sentirse inseguro, perdido, vulnerable, pero si uno ha encontrado el Amor que busca, ya puede hundirse el mundo que su vida tiene sentido y la alegría es indescriptible. Y como dice el poeta, quien lo probó, lo sabe.

Uno puede elegir arroparse en la seguridad del Miedo y hacerse pequeñito, o puede abrirse a la seguridad del Amor y hacerse infinito.

-¿Pero dónde está ese Amor?. Busca, busca de verdad. En conciencia, sin miedo.

Solo un educador que se haya abierto al Amor podrá invitar al Amor. No basta con que alguien haya dicho que el Amor existe, debe ser un encuentro personal, un habitar el Amor o no se podrá educar en el Amor.

Aun así, el Amor es tan poderoso, que un educador sin amor puede, como la Luna que no tiene luz pero reflejar la luz del Sol, inspirar a sus alumnos para que sepan encontrar en sus corazones, aquello que su educador no está sabiendo dar por sí mismo.

No obstante, esta experiencia indirecta, si bien puede llevarnos al mismo destino, supone un camino que desgarra la piel, que destroza la carte, que parte el corazón, y es en la curación, ya quizás en la madurez de la vida, cuando uno descubre el Amor que no tuvo cuando nació o cuando creció.

Los educadores deben ser grandes buscadores, inconformistas, sufridores, dolientes, alegres, humildes, esperanzados; que dan dos pasos hacia delante y uno hacia atrás. Pero avanzan y cada paso hacia atrás, es un nuevo impulso de humildad y empuje para amar. Ese ejemplo es extraordinariamente educador.

El Amor no se puede transmitir con palabras, como tampoco se aprende a nadar con un tutorial de Youtube; a nadar se aprende nadando y a amar se aprende amando.

El hijo amado, el alumno amado, aprende algo de qué es eso del amor, y querrá buscarlo, porque tiene esa tendencia en el corazón, y cuando lo encuentre lo amará y si su amor es verdadero, se entregará.

Pero como se dijo al principio, no es una línea consecutiva de acciones: buscar, amar, entregarse, sino una sinergia simultánea de tres tendencias que se pueden manifestar en cada instante, porque al buscar, uno encuentra el Amor, si el Amor quiere, y al encontrarlo uno se entrega, si uno quiere.

Este es el sentido más profundo de la educación, vivir cada instante como una gran fiesta en la que se celebra la alegría del Amor. Y en esa Fiesta, uno mismo es el banquete, el invitado y el anfitrión en el Amor, formando un Nosotros-Maduro.

Teorías pedagógicas en conserva

El supermercado de la educación te ofrece una amplia gama de productos. Para un consumo responsable debes fijarte en la etiqueta: Psicología Positiva, Constructivismo, Conectivismo, Neurodidáctica, Inteligencias Múltiples, Inteligencia Emocional, Educación Personalizada, Educación Integral, Educación en Valores, Nativos Digitales…

“Y ahora comprando Educación por competencias te llevas un bote de bilingüismo gratis y una tablet para tus hijos”

Con esta broma no digo que todas estas ideas, teorías e ingredientes sean negativos, lo que sugiero es que sean naturales y frescos. Al congelar o envasar, se pierden muchas de las propiedades educativas, incluso llegan a caducar e intoxican el ambiente educativo si se aplican. La educación abierta es artesanal, no puede ser industrial.

La “educación transgénica” puede resultar productiva pero nociva para la interioridad humana. Sugiero a los padres que no consuman experimentos pedagógicos que no estén avalados por experiencias de éxito, por muy desesperados que estén.

Tapones para quedar enfrascados herméticamente

Tapones hay muchos pero aquí resaltaremos algunos que nos resultan significativos.

El tapo “más o menos”.

El masomenista es una especie de relajación educativa al sentirse por encima de la media:

  • “Les llevamos a un buen colegio, frecuentan buenos ambientes y en valores estamos por encima de la media”
  • “Entre que no es nada fácil y que los demás van en otra dirección, bastante hacemos con ir tirando”
  • “Lo que pasas es que…
    • “contra internet no se puede”
    • “los amigos pueden más que los padres”
    • “no se puede ir en contra del ambiente”

El tapón “sí pero no”.

Lo usan padres que desean para sus hijos esa felicidad plena a la que dispone la educación abierta pero a la vez, quieren evitarles la entrega personal a la que invita esta educación. Enseñan a sus hijos a “nadar y cuidar la ropa”.

El tapón “ya lo he intentado todo”.

Puede ponerlo uno sólo o ambos padres. Si lo pone uno sólo suele ocurrir que el otro ponga el tapón de la indiferencia.

Se sienten solos en la misión y ven que no se les hace caso: “Me tienen como una esclava”, “Estoy todo el día detrás de ellos, empezando por el padre”, “El día que falte, a ver cómo te las apañas”.

Son padres que desearían ofrecer una educación abierta pero han aprendido que no pueden más. Culpan a otros o se sienten culpables y no ven solución. Seligman (2002) lo llama impotencia aprendida y comprueba que estas personas son más susceptibles a la depresión.

El tapón “ya tendrá tiempo”

Claro que desean una educación profunda para sus hijos pero ponen el tapón porque “primero que saquen bien sus estudios y aprenda idiomas, ya tendrá tiempo de ayudar a los demás”.

Congelados de educación abierta.

La practican “padres de manual” que si los dejas a la intemperie se derriten. Se saben la teoría y sin darse cuenta, se ponen de ejemplo en sus propuestas. Tienden a valorar y etiquetar a otros en función de cómo lo hacen ellos.

  • “Esos no son como nosotros»
  • “Lo que tienes que hacer es…”
  • “Pues a mí me obedecen”
  • “Las madres de ahora ya no saben hacer nada”

Si realmente practicaran la educación abierta no se sentirían en posesión de la verdad sino a su servicio; estarían más bien, poseídos por la verdad.

“Me visto en casa de una amiga porque mi padre dice que es inmoral la ropa de fiesta que uso”

 

Al proponer la reflexión a los hijos adolescentes sobre la inconveniencia de ciertas modas en el vestir, me parece que no debe ser planteado como un «problema moral», sino más bien como una «cuestión existencial»…

Pues, ¿qué sería lo moralmente aceptable; lo que tapa el ombligo, lo que no se ajusta a ciertas partes? No me parece que esto sea cuestión de centímetros de tela o más o menos apreturas, sino me parece más interesante preguntar, «¿qué buscas con esa forma de vestir? ¿Es un deseo  o una «necesidad»? ¿Qué es lo que te mueve?  ¿Cuál es tu intención?»

El vestir es algo propio de la especie humana y va más allá de la protección. Con nuestra forma de vestir tratamos de dejar ver, y de no dejar ver.  Expresamos la interioridad, nuestra humanidad irrepetible y salvaguardamos la intimidad.

Por un lado comunicamos, y por otra protegemos nuestro interior. Por un lado desvelamos quiénes somos y a la vez, dejamos velado lo íntimo, reservado a los íntimos.

Hay ropas que resaltan el cuerpo, otras que muestran, que además de cuerpo hay mente, y otras, que además de cuerpo y mente, se tiene apertura (espíritu). El adolescente deberá pensar qué ropa expresa su identidad: la que sólo muestra un cuerpo, la que muestra cuerpo y mente, o la que muestra cuerpo, mente y apertura. Es decir, una ropa que genere emociones positivas, una ropa que muestre emociones positivas y control, o una vestimenta que haga vivir con emociones positivas, autoposesión y capacidad de darse por entero.

  • Las prendas que sólo generan emociones positivas dejan entrar a los piratas hasta la cocina para comerse lo que encuentren, como caníbales afectivos. Por eso es lógico que las madres y padres se preocupen.
  • Las ropas que suscitan emociones positivas y control, no dejan pasar a los piratas pero pasan los turistas y consumidores que visitan, intercambian y se van.
  • El vestir que suscita emociones positivas, muestra autoposesión y se abre a la donación, está dispuesto para defenderse de los ataques piratas. A los turistas y compradores los atiende en la zona exterior, y sólo deja pasar al santuario de la intimidad a los habitantes de verdad; dignos de habitar el corazón, cultivarlo cuidarlo y edificarse juntos.

Conviene invitar a pensar a los hijos adolescentes y tal vez lleguen a alguna buena conclusión, aunque el torbellino hormonal les haga olvidar aquello que pensaron en un momento de serena conversación.

Sólo si piensan estarán en disposición de aprender a administrar su libertad.  con imposiciones, sin diálogo, al final llega el engaño y la doble vida. Libertad no es ir contra lo que dicen los padres y hacer «lo que hace todos», sino la capacidad de «elegir lo mejor», que viene a ser el sentido etimológico de la palabra «elegancia». Invita a tus hijos a ser adolescentes con personalidad y sobre todo habla con ellos con frecuencia. Te resultará más sencillo si empiezas a hablar con ellos, de sus cosas, cuando son pequeños.

Gustave Thibon llegó a decir que “los esclavos de la moda son los desertores de la eternidad”, y es que la interior libertad se manifiesta incluso en la forma de vestir.