Mi camino profesional hasta el aprendizaje habitativo

No es suficiente saber como aprende el cerebro; debemos preguntarnos como aprende el yo con el tú formando un nosotros de libertad y amor infinito

A lo largo de mi vida profesional he invertido muchos esfuerzos en lograr que los estudiantes con dificultades cambien su forma de estudiar «para que lleguen al éxito». Casi todos cambian un poco. Otros se limitan simplemente, a realizar los requerimientos que les solicito algo mejor durante un breve periodo de tiempo. Después, vuelven de nuevo a sus antiguos hábitos.

Por lo general, los alumnos dejan patente su bondad y respeto al tratar de estudiar como les digo, quizás tratan de devolverme el aprecio y quieren verme satisfecho pero no resulta un gran consuelo, puesto que, lejos de mí, aflojan y estudian como más les apetece (como más cómodo les resulta). La conclusión a la que he llegado es que no puedo hacerles cambiar si no cambio yo primero, o al menos a la vez que cambian ellos.

En mi trayectoria he ido incorporando metodologías, estrategias… He ido desechando técnicas innecesarias y aburridas. He procurado hacer propuestas flexibles que apostaran por la personalización y el uso inteligente de las técnicas y las tecnologías. He trabajado la modificación de conducta, he desarrollado sistemas para mejorar los procedimientos cognitivos, y de forma audaz, incorporé a mi repertorio psicopedagógico el entrenamiento neuropsicológico para una mejor estimulación… Todo muy enriquecedor pero veía que faltaba algo…

Entonces, caí en la cuenta de que sólo con mis recursos no llegaría al éxito en todos los casos, y puse todos los medios a mi alcance para lograr que los estudiantes gozaran de unas circunstancias adecuadas y estimulantes, y diseñe ecosistemas educativos de lo más apasionantes.

También pude comprobar que el estudiante no funciona como un individuo aislado; había que garantizarle unos vínculos afectivos, principalmente de su familia,  donde encontrar el sentido a su esfuerzo, la seguridad, la confianza y motivación necesarias.

Muchos eran los progresos pero a un precio muy alto: desgaste emocional, tensión ante la tardanza de resultados, estrés por la amplitud de ocupaciones, incertidumbre, hipercontrol para gozar de más seguridad de éxito… Y luego, la frustración de aquellos que no llegaban a los mínimos, el atolondramiento de ciertos docentes e incluso padres, que vivían al margen de estos objetivos, y el inconformismo de otros padres que no se hacían cargo de la realidad: presión, ¡presión¡, ¡¡presión!!.

Estaba claro que algo estaba fallando y comprendía que hubiese profesores que prefiriesen mirar para otro lado: “si los padres no se implican, yo no puedo hacer nada”; “lo siento, no puedo enseñar al que no quiere aprender”, «si el colegio no nos apoya», «si la ley es tan poco adecuada»…

Después de un tiempo comprendí otra lección: “para cambiar una realidad primero hay que aceptarla como es”. Las cosas son como son y no podemos empujar el río para que vaya más deprisa, hay que dejarlo fluir.

De entrada, encontré un punto esencial para seguir progresando en mi camino de enseñar a estudiar: la serenidad. Al esforzándome por alcanzar este estado en medio de mi actividad cotidiana, volví a gozar de mi profesión. Así empecé a transmitr algo que ayudaba mucho más a mis alumnos que toda la presión metodológica que antes ejercía… Y no es que les exigiera menos, sencillamente, los alumnos comenzaban a estudiar más y mejor.

Sin duda creía en los estudiantes, pero no tanto en lo que eran como en lo que podían llegar a ser si seguían mi orientación… En el fondo, en lo que creía era en mi capacidad para hacerles cambiar, y no tanto en su propia capacidad para desplegar lo que ya eran.

Pienso que los educadores transmitimos con frecuencia esta falta de confianza. Decimos que apreciamos al estudiante pero ciertamente no le valoramos en lo que es, sino en lo que nosotros queremos que sea y en lo que yo quiero ser respecto a él.

Al ir experimentando todo esto, observé con nitidez una de las carencias del sistema pedagógico que venía desarrollando… Aunque siempre he tratado de ser personalista, a la hora de aplicar estrategias didácticas, me estaba limitando a enseñar a estudiar con la mente y no con la totalidad de la persona, que es singularidad y relacionalidad, a la vez; interioridad y exterioridad. Un yo que habita en un nosotros. En definitiva, estaba reduciendo su interioridad a la mente. Eso hacía parecer que dejaba en evidencia las limitaciones del estudiante sin embargo, lo que realmente mostraba eran las carencias de mi sistema.

A lo largo de los años, se sigue avanzando en neurodidáctica,  en técnología para educar, en metodologías innovadoras… Todo fantástico. Pero todavía nos queda dar un paso más allá. El niño aprende con todo su ser: con su cuerpo, con su mente y con su apertura, no sólo con la mente y su cuerpo, sino con todo lo que habita y le habita.

Si ya eran muchas variables las que había que controlar, ahora lo que planteo es inabarcable. Efectivamente, este fue otro de mis aprendizajes. En la educación no se puede controlar todo, más aun, sólo se pueden controlar algunos detalles. Hay que hacer lo que esté de nuestra mano y saber abandonarse, confiar. Como hacemos con nuestro corazón o con todo nuestro crecimiento celular. Algo podemos influir pero sólo queda confiar en que seguiremos creciendo aunque no lo decidamos, e incluso, aunque no queramos.

Como vemos, existen unas fuerzas educativas que están más allá del educador y del educando, y que sólo podemos aceptar o rechazar, dejarse hacer o no dejarse hacer por ellas… Si las aceptamos con libertad, «porque quiero», entramos en sinergia y la educación no es sólo activa, sino sobre todo habitativa. El que aprende hace, pero también se deja hacer, y deja a ser todo aquello que habita para contemplarlo en toda su belleza.

Esto no es ser pasivo, lo pasivo es seguir en manos de la inercia, de la moda, de la imitación aunque eso que se imite se le llame educación activa, paradójico…

Pienso que el arte de aprender, no está tanto en conocer cuanto más mejor, saber hacer “cuantas más cosas, mejor”, ni incluso, llegar a ser cuanto más mejor… Sencillamente, cada cual debe saber, saber hacer y saber ser, lo que tiene que saber, saber hacer y saber ser para que la aventura de su vida sea buena, esto es ser un bienaventurado: felicidad apasionante lleva de sentido.

 

El ejemplo de los padres, bueno o malo, siempre tiene un impacto educativo significativo

Lo que valoran los hijos no es la perfección de la relación, sino el esfuerzo que hace papá y mamá por quererse mutuamente a pesar de los pesares.

Los hijos cuando son pequeños tienen una predisposición natural para admirar las cualidades de sus padres, pero ante sus defectos es muy raro que adopten una postura de aceptación: los niegan, los disculpan, se revelan, se resignan pero nunca los aceptan. 

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Star Work: el Estudio de las Galaxias

Todos los estudiantes pueden aprender por sí mismos y con motivación abierta

Durante varios años he podido desarrollar en la práctica, con la experiencia de más de 500 estudiantes y la capacitación de decenas de profesores para la gestión del aprendizaje autónomo de sus estudiantes en sus aulas y con alto rendimiento.

Dependiendo del contexto, este plan toma diferentes formas pero una muy divertida es la de Star Work: el Estudio de las Galaxias

Este plan está orientado para que los estudiantes desarrollen competencias con valores y emociones positivas al estudiar, aprendiendo a aprender con autonomía personal y responsabilidad social.

El objetivo de fondo es hacerles descubrir su sistema personal de trabajo, desarrollando sus capacidades intelectuales, sus hábitos de trabajo y sus actitudes positivas ante el aprendizaje de lo arduo. Como objetivo inmediato, pude apreciar el refuerzo del autoconcepto académico y el aumento de la motivación para el aprendizaje esforzado e inteligente.

Star Work es una forma ingeniosa de romper la inercia hacia la chapuza y la pereza intelectual (el lado oscuro de la fuerza), haciendo percibir a estos estudiantes el atractivo del trabajo bien hecho de una forma divertida.

Empiezo con un plan de sensibilización a los gestores del centro. Sin el compromiso de la dirección es inviable. Seguidamente, procedo a un plan de sensibilización y formación de docentes. El objetivo es hacerles ver que este sistema no es una complicación más añadida, sino todo lo contrario, una forma de simplificar y mejorar los resultados disfrutando y trabajando en equipo todo el centro.

Seguidamente se implica a los padres para que sepan situarse ante el programa en general y ante el estudio de sus hijos en particular, ayudándoles a mejorar sus expectativas y a tomar una actitud favorable al aprendizaje autónomo de sus hijos.

Seguimos con los estudiantes. Se les da en formato de curso intensivo 12 horas de intenso trabajo práctico adecuado a las edades y estilos de aprendizaje, que imparto en horario lectivo, sacando a los alumnos de sus respectivas clases a un aula a parte, ya digo, estableciendo grupos homogéneos para la realización del curso intensivo.

Llama la atención la motivación y el esfuerzo que ponen todos los estudiantes durante las sesiones.

Tras estas sesiones con profesores, padres y estudiantes, todos empezamos a hablar el mismo idioma, lo que facilita un ágil y preciso seguimiento; se acabaron las bombas de humo en el seguimiento de los aprendizaje. Se evalua con datos y se establecen objetivos como pequeños pasos posibles que se consiguen una y otra vez, lo que mejora más y más la motivación

Con el panel de control de la nave hoja , alumno, padres y tutores realizan una evaluación semanal y plantean un nuevo objetivo para la siguiente.

Aunque el panel parezca complejo, para los estudiantes es muy sencillo y motivante porque su imaginación hace el resto. Paradójicamente, las claves del éxito son la sencillez, el libre compromiso de los alumnos, el trabajo en equipo de los profesores con el orientador, la coordinación con los padres y la perseverancia.

Cada profesor y tutor aprovecha el panel más o menos, según el grado de implicación pero sólo haciendo lo mínimo, el rendimiento mejora de forma extraordinaria.

Además de conseguir un clima de trabajo intenso y una gran satisfacción por parte de todos, profesores, padres y alumnos, se mejoran las relaciones humanas y la motivación por seguir aprendiendo

Cómo atender el estudio de los hijos

 

Como suele ocurrir, no hay reglas fijas, depende del carácter y posibilidades de los padres, de las aptitudes y necesidades de los hijos, del número de hermanos, etc.

Para muchos padres, atender el estudio de los hijos se reduce a castigarles cuando traen malas notas, o prometerles jugosos premios si aprueban. En el otro extremo se sitúan los padres que no dejan a su hijo “ni a sol ni a sombra”; se sientan con ellos a estudiar, les explican, les ayudan a realizar las tareas y fácilmente acaban sustituyéndoles en el esfuerzo: el padre hace el esfuerzo intelectual y el hijo el mecánico. Sin llegar a los extremos, encontramos toda una gama de padres que su atención a los estudios consiste en tratar de convencer a sus hijos para que estudien cuando se presenta la ocasión.

Por lo general, los padres prefieren hablar a escuchar. Bien ­–me podrías decir- eso de escuchar a los hijos está muy bien, pero ¿qué tiene que ver con el objetivo de conseguir que sea mejor estudiante? Sencillamente, que si deseas que tu hijo estudie mejor no tienes que convencerle con la palabra, reaccionará más favorablemente cuando le escuches primero. Se sentirá más comprendido y entonces estará más dispuestos para hacer lo que le sugieres.

Escuchar bien significa escuchar con esfuerzo. Requiere tiempo, autocontrol, no valorar continuamente sus apreciaciones como buenas o malas. Además, debes estar preparado para aceptar las impertinencias y opiniones contrarias a las tuyas.

Antes de que puedas convencer a tu hijo de que le conviene cambiar su forma de estudiar, tu hijo tiene que sentirse frustrado por su forma de estudiar. Por mucho que te empeñes, si tu hijo no ve problema en cómo estudia, e incluso está satisfecho, no hará nada por cambiar, a no ser que le obligues y un cambio así no suele ser consistente.

Para conseguir que tu hijo quiera esforzarse por ser mejor estudiante, debes conseguir que manifieste su insatisfacción y preocupación por su actual forma de trabajar. Esto es muy importante para persuadirle del cambio de estrategia en el estudio. Para lograrlo debes dialogar; hacer que tu hijo piense y  sea capaz de llegar a conclusiones.

Con sus conclusiones, ayúdale a concretar objetivos estableciendo prioridades. Con el apoyo del colegio, determinad un plan y comprometeros seriamente a seguirlo, sabiendo que habrá momentos en los que decaerá y habrá que estar atentos para recomenzar.

Es importante, establecer objetivos concretos que puedan ser evaluados diariamente y sean asequibles para el estudiante. Empieza primero por pequeñas cuestiones para llegar a las grandes decisiones. Es probable que obtengas mejores resultados procurando mejorar sus hábitos cotidianos de estudio que diciendo en tono autoritario: “¡quiero que saques buenas notas en este curso!”.

Amenazando e intimidando se puede conseguir que los hijos cambien, por la cuenta que les trae. Pero también se puede lograr con ello temores, recelos, disgustos y “rebotes”. A largo plazo, es arriesgado aunque se puede lograr el objetivo. Lo que si es seguro a corto plazo, es el ambiente de ansiedad y tensión emocional que se genera en la familia.

Sin caer en idealismo, es necesario que mantengas una actitud positiva. Tienes que descubrir detrás de un suspenso o un bajo rendimiento, una oportunidad para que tu hijo mejore. Te equivocas si consideras una nota baja como una derrota. Si se sabe aprovechar, es una forma estupenda de progresar.

A veces educar, más que en hacer, está en no hacer…

¿Es difícil educar? Empieza por lo sencillo, lo que puedan hacer tus hijos, no se lo hagas tú y aguanta, ten paciencia, amárrate a tu silla pero no le sustituyas. A veces educar más que en hacer, está en no hacer…

Con estos consejos una madre se lanzó a ayudar a su hijo con nuevas estrategias. Lo intentó una y otra vez y le asaltaron las dudas:

“¿por qué mi hijo no me hace caso? ¿Cómo puedo hacer que se comporte mejor sin hacer? ¿Por qué se cierra en banda antes de que haya pronunciado cinco palabras? ¿por qué intenta escaquearse constantemente? ¿Por qué me dice que luego, después…?”

Pasaba el tiempo y su hijo no reaccionaba y cuando lo hacía, era de mala gana y a medias. Ante esta circunstancia la madre se impacientó y volvió a su procedimiento habitual; se puso a recoger sus juguetes, a hacerle la cama, a estudiar con él, hacerle las tareas, enfados, gritos, tensión…

Si sabía que es mejor tratar de que el chico cumpla con su deber por sí mismo aunque le salga peor ¿por qué ese empeño por ver la casa recogida, por evitarle el fracaso en el colegio?  Es comprensible, pero esa pequeña satisfacción de ver todo ordenado o las buenas notas de su hijo se entremezcla con un cierto sentimiento de culpa cuando ve a su hijo que sigue comportándose como un tirano, caprichoso y comodón…

Piensa la madre: ¿Será mi culpa por hacérselo yo todo?

Si intuye que sería mejor dejarle que lo hiciera por sí mismo por una educación que tiene consecuencias para toda su vida, ¿por qué se justifica con excusas de urgencia?

La mamá adormece su sentimiento de culpa: «Ahora no tengo tiempo para esperar que lo haga él», «si lo hacemos a su ritmo estamos hasta las tantas…», «Es que si le dejo sólo me siento mal al verle tan frustrado…», «sé que no está bien pero no soporto ver la casa así»…

Llegado el momento, los padres fueron a ver al tutor del chico para ver como iba todo. La madre pensó:

el profesor va a pensar que yo le hago las tareas, le tengo que explicar que las hace él, aunque yo le ayudo…”.

El tutor empezó a hablar:

“estoy desconcertado porque veo que Antonio trae sus deberes de casa bien hechos, pero luego en los exámenes no termina de aclararse, debe ser que se pone muy nervioso”.

La madre, al comprobar lo que estaba pasando se lanzó a reconocer la verdad:

Es cierto que trae todas las tareas bien hechas pero es que soy yo quien las hace, él prácticamente se limita a redactar”.

“Pero a veces se sabe las lecciones”, insiste el profesor.

Y contesta la madre:

realmente no las entiende bien pero le digo que me las repita una y otra vez hasta que se las aprende de memoria”.

La madre se sentía frustrada, y mientras su marido trataba de quitarle hierro a la situación, intervino el tutor:

“Quédate tranquila porque no has fracasado. Con tu actitud has demostrado que eres la persona ideal para lograr que tu hijo sea autónomo y responsable. El sólo no podría pero con tu apoyo si podrá y no sólo eso, también tu marido podrá adquirir más protagonismo en la educación de Antonio… Esto será posible si gobiernas la situación: si dejas que sea tu pensamiento quien tome las decisiones y no los sentimientos… Los sentimientos sin pensamiento alimentan la preocupación, la propia culpa y es probable que culpabilices también a tu marido diciendo que no se implica [la mamá sonríe asintiendo], y quizás tengas razón pero eso no es solución. Los sentimientos sin pensamiento agrandan  los problemas, los resentimientos, los rencores, la ansiedad, el agotamiento… Los sentimientos con pensamiento agrandan la confianza, la esperanza, la paciencia, el agradecimiento; agrandan el corazón con un amor tierno y enérgico a la vez”.

En esta conversación el padre también reconoció que debía cambiar de actitud; también le asaltaban sentimientos de culpa pero la derivaba a su esposa: «el problema es que su madre le hace todo… «, «a mi me gustaría estar más con mi familia pero el trabajo no nos lo permite…»

Aunque pueda parecer que fracasan,  que lo hacen mal, no es así: han asistido a la tutoría, están afrontando el problema y cayendo en la cuenta.  Sus experiencias no son de fracaso sino de aprendizaje familiar. Ahora tienen una nueva oportunidad de cambiar mediante pequeños pasos posibles:

La mamá deberá dejar que su hijo obre por sí mismo y que su esposo tome más protagonismo en la educación para que cada cual realice sus tareas con autonomía personal y responsabilidad social. El papá, deberá caer en la cuenta de como puede reorganizar su plan para dedicar más tiempo a su esposa y sus hijos, y tal vez, plantearse la posibilidad de recibir formación en la escuela de padres para aprovechar educativamente ese preciado tiempo.

En todo esto, la mamá sigue siendo un poco la líder educativa de su hijo y de su esposo. Convendrá que se fije en lo positivo y no tanto en lo negativo.  Es bueno que elogie sus pocos logros y cada vez irán siendo más. Todo aquello que ahora que le movía a «hacerlo ella y se acabó»,  puede apuntarlo en una lista y dale la vuelta; serán los retos educativos que debe afrontar su hijo, su esposo, y a la vez, ese será su reto como educadora.

A medida que domine su tendencia a hacerlo todo, ellos se verán más urgidos a comprometerse con sus responsabilidades y poco a poco, lo harán con más satisfacción, porque todos terminamos tomándole gusto a vivir con responsabilidad social familiar.

Paradójicamente, deja de hacer, déjales hacer, y poco a poco el clima familiar será de servicio, serenidad y alegría.

No quites los obstáculos a tu hijo; enséñale a superarlos

Mira los obstáculos como aliados; no se los quites a tus hijos, enséñales a superarlos.

Muchos padres sucumben a la desesperación y fracasan sin comprender que poseen ya todas las herramientas necesarias para ayudar a sus hijos acompañándoles sin intervencionismo para que sean ellos, los hijos, quienes resuelvan sus propios problemas, por ellos mismos.

Muchos otros padres hacen frente a los obstáculos que se presentan en el camino de sus hijos quitándoselos por temor y dudas. A los obstáculos los consideran enemigos, cuando en realidad estos desafíos son amigos y auxiliares de su crecimiento personal. Los obstáculos son necesarios para el éxito, porque en el estudio, como en tantas facetas de la vida, se alcanza la victoria solamente después de muchas luchas e incontables derrotas. Y sin embargo, cada lucha, cada derrota, acrecienta la destreza y la fuerza, el valor y la resistencia, la habilidad y la confianza, de manera que cada obstáculo es un compañero de camino que te obliga a ser mejor… o a abandonar la empresa.

Si los padres eliminan los obstáculos o los evitan, pueden generar obstáculos mayores en el futuro de sus hijos. Si un pino lo riegas constantemente no necesita desarrollar sus raíces porque tiene el alimento al alcance. Si la tierra no está empapada el árbol se ve obligado a profundizar: le cuesta más esfuerzo pero se hace robusto, y si viene un temporal es capaz de soportarlo con aplomo.

Sin embargo, el pino al que se había hiperatendido, espléndido y frondoso por fuera, cae en tierra porque no tiene raíces suficientes para aguantar los envites del viento. Gracias a la sequedad del suelo y a la dureza de la tierra, el pino se hace fuerte y consistente.

El fin del estudio no es el éxito académico sino cohabitar la felicidad

No pretendas ser madre o padre de hijos con éxito académico. No trabajes sólo para que tus hijos saquen buenas notas. Esfuérzate para que sean felices, para que amen y sean amados, y procura que aprendan a alcanzar la paz y la serenidad.

Y me podrías decir: “pero todo esto es imposible si no triunfan en su vida y por eso es importante que saquen buenas notas. ¿Cómo van a amar si no saben o no tienen nada que dar? ¿Quién puede fracasar en el colegio y alcanzar el sosiego? ¿Cómo se puede ser feliz con la frustración y la deshonra de ser un pésimo estudiante? ¿Cómo va a ser apreciado en su contexto social si no tiene prestigio profesional?

Bien, si se tiene claro que sacar buenas notas no es un fin, sino un medio para alcanzar el bien de los hijos, entonces se puede decir que esos padres están en condiciones de hacer de sus hijos buenos estudiantes. Es importante aceptar a los hijos como son, con sus posibilidades y limitaciones, procurando de forma sensata, desarrollar al máximo sus posibilidades y reducir en lo posible sus limitaciones. Y siempre en un clima de paz y alegría. Lo importante no es que tu hijo sea ingeniero de caminos como lo ha sido su bisabuelo, su abuelo y su padre; lo importante realmente, es saber ayudar a cada uno de los hijos a “ser lo que es”, alcanzando el mayor grado posible de desarrollo para que sea capaz de labrarse su propio camino con autonomía personal y responsabilidad social, por el que avanzar con sentido, con amor, con fe y con esperanza hacia su Tesoro; disfrutando de la aventura de su vida en comunión con su equipo de aventureros, siendo feliz haciendo felices a quienes le rodean.

Lo importante no es obtener unas notas como resultado del estudio sino el desarrollo auténticos de competencias con valores y emociones positivas con las que poder edificar su proyecto de vida abierto a una felicidad llena de sentido

Universidad: todos podemos habitar la sabiduría

Pienso que el “profesor universitario” no puede conformarse con aportar a sus estudiantes unos microconocimientos, porque pasaría a ser un “profesor micrositario”.

La universidad forma para la empleabilidad pero no se limita a desarrollar competencias estandarizadas y concretas para afrontar situaciones laborales particulares. Por supuesto que deben desarrollar las competencias laborales con la máxima concreción práctica, pero a la vez debemos aportar competencias con valores y emociones positivas, no sólo para unos supuestos, sino para desplegar su propio proyecto de vida en toda su plenitud, afrontando con iniciativa y creatividad todas las situaciones que se le vayan planteando en sus vidas laboral, social y personal.

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Sé fruto para dar semillas y hazte semilla para dar fruto

Si nos hacemos fruto atractivo en Internet, estaremos en mejor disposición de que encuentren en nosotros buena semilla, pero sólo seremos fruto atractivo si cultivamos nuestra originalidad: nuestra auténtica semilla.

Elijo la siguiente alegoría para explicar la función del educador en la vida, y en particular en la vida digital.

Hay quien hace ver su tronco para decir: soy poderoso, fuerte, resistente, flexible… Otros muestran sus frutos: soy abundancia, doy resultado, mi vida es fecunda… Otros, quizá por no tener un gran tronco ni buenos frutos muestras hojas y más hojas: mira que libre, que atractivo, cómo molo…

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Bienvenido a mi web personal¡¡¡ Luisma a tu servicio

Es para mi un placer presentarte mi web donde pretendo aglutinar mis realizaciones con el objetivo de ordenarme la vida y mejorar mi servicio. Desde ahora aquí me puedes encontrar.

Iré colgando mis escritos publicados en diversidad de medios sobre los temas que tengo trabajados. Iré respondiendo, en la medida de mis posibilidades, a las consultas que me vayan llegando. En fin, comienzo una nueva andadura de servicio total y radical 😉

Un saludo afectuoso,

Luisma