EDUCAR LA INGENUIDAD PARA HABITAR LA VERDAD

Uno habita en su casa, en su propiedad, aquello en donde puede cultivar y construir; habitamos el hogar. En nuestro hogar es donde nos sentimos en casa, es el lugar al que se vuelve y desde el que se sale a la aventura, donde nos reponemos y nos relacionamos en intimidad con quienes amamos incondicionalmente. En casa nos relajamos, estamos en confianza, nos sentimos a gusto, nos damos unos a otros, formamos una familia. En casa somos libres y responsables, estoy porque quiero y porque quiero, me doy por entero.

Si uno se plantea que esto no es posible en su casa, probablemente haya dejado de ser su casa, ya no es un ingenuo (un indígena, del latín ingenuus, libre de nacimiento) en su tierra, sino un tirano que trata de someter a un pueblo o un siervo que se ve sometido por alguna tiranía.

La Verdad es la casa universal de todos, pero sólo la habita como “mi hogar” quien es un ingenuo, un indígena de la verdad, natural de lo auténtico. Los astutos, sin embargo, la consideran una prisión. Su infinidad enreja su ego y para tratar de escapar, intentan hacerse con su control, pero es como la propia sombra, que por mucho que corramos nunca nos separamos de ella, salvo que apaguemos la luz…

Los astutos intentan en vano poseer la verdad, apagar la luz, construir en tinieblas, deconstruir con falsedades, ocultar los hechos, manipular los frutos, reservarse pequeñas verdades para dominar a otros, pero esto les hace invasores en tierra extranjera, siervos de la mentira, tiranos de la vanidad, cultivadores de miedos, constructores de falsedades. Y, sin embargo, paradójicamente, ya eran nacidos en la Verdad, eran propietarios desde el origen, pero al renunciar a la ingenuidad, han renunciado a sus derechos de pertenencia.

Y es que el ingenuo sabe que es descendiente original, pero no es el origen de la Verdad. Es heredero de la Verdad si la acepta, pero no es la Verdad ni el origen de la Verdad. Y es que quien renuncia a su herencia y se autoproclama “verdad” u origen de la verdad, suicida su ingenuidad y se hace desertor de la Verdad para enrolarse en las fijas de la Mentira.

La Mentira no es lo contrario de la Verdad, sino la imitación más perfecta que pueda ser realizada de la original Verdad. Quién se abraza a la Mentira en realidad, piensa que abraza la Verdad o que al menos, se encuentra en camino de conquistarla. Y cuanto más poderosa es la Mentira, más difícil es diferenciarla de la Verdad, que sólo es distinguible por ojos ingenuos: “el rey está desnudo”…

A la Mentira le encanta que los habitantes de la Verdad dejen de ser ingenuos para combatir a la Mentira porque así, sin querer, se pasan a su bando, pero los ingenuos,«¡esos estúpidos seres insensatos!», no hay quien les engañe y la Mentira queda desarmada. «¡Acabemos con los ingenuos!», gritan los hijos de la Mentira, y llamarán a los ingenuos, ignorantes, irracionales, dogmáticos, radicales, fundamentalistas, enfermos, antisociales, incívicos, enemigos de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad… «Hagamos que, si un ingenuo vuelve a decir que “el rey está desnudo”, que la sociedad le neutralice por intolerante y mocarcófobo y que, si todavía queda por ahí algún ingenuo despistado, que aprenda que si abren la boca, no correrán mejor suerte».

La Mentira con el control, organiza la educación para formar astutos y combatir la ingenuidad. El niño debe dejar de asombrarse ante la Verdad, debe olvidarse de cultivar y construir en la Verdad. Por el contrario, debe adquirir las verdades tolerables por la Mentira, así como las mentiras básicas que le alejen de la ingenuidad. El mantra será la técnica pedagógica por excelencia, “no existe la verdad”, “no existe la verdad”, “cada uno tiene su verdad”, “los ingenuos fracasa, los astutos triunfan”, «cada uno tiene su verdad», «lo importante es el respeto», «los ingenuos no respetan», etc, etc…

Desde la Mentira se explica que habitar la Verdad es dejarse imponer y eso significa perder la libertad. En nombre de la libertad, la Mentira lucha contra la libertad, como no podría esperarse de otro modo. Así, los niños aprenden a renunciar a su libertad para poder ser libres según la Mentira, pero en verdad, están tiranizados…

La educación así no se orienta a desplegar la propia originalidad natural de la verdad, se entrena al niño para ser astuto, para hacerse una verdad a la medida de su ego, narcotice sus anhelos de auténtica verdad y para cazar a los indígenas que le digan que, en Verdad “está desnudo”.

Así las cosas, ser ingenuo es muy peligroso, siempre lo ha sido, pero solo desde la ingenuidad se podrá habitar la verdad con libertad, con autenticidad, por lo que vale la pena educar la ingenuidad.

El mundo se salvará por la ingenuidad o no se salvará nunca. Conviene recuperar la ingenuidad en las universidades, en los hogares, en todas las comunidades y desde el cultivo de la verdad, conseguiremos salir de las tinieblas y la luz dejará ver el camino original de la vida llena de sentido.