La pedagogía del perdón

Así de entrada, suena a «rollete cristiano», sin embargo, el cristianismo no tiene la exclusiva del perdón.

Sería un poco adolescente oponerse al perdón, para oponerse a «los curas». Los cristianos tendrán sus razones para perdonar, pero cada uno, desde sus propias convicciones puede descubrir evidencias de lo razonable que resulta perdonar.

En problema es cuando el perdón pasa de la teoría a la práctica y es uno el que tiene que perdonar un daño sufrido. Ahí no bastan razones, es necesario estar convencido de que me interesa perdonar de corazón.

Una política educativa basada en el perdón

Cualquiera que se dedica a la educación, de verdad, es decir, educando en la práctica, sabe que se requiere un marco más amigable para garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, que promueva oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos.

Pero no hay que ser educador para detectar las abundantes mareas de violencia en nuestras entornos y en el mundo, y no es cuestión de comparar con el pasado.

Del pasado habrá que aprender, pero ahora, toda la violencia que hay, sobra. Y si no conseguimos que no esté, tendremos que seguir trabajando para que no esté. No cabe decir: «pues antes había más».

No lo voy a discutir, lo que sé, es que es ahora cuando vivo como educador profesional y no antes, y lo que quiero ahora es que haya paz y justicia para todos.

Así, quien se muestre «realista» y se resigne a la violencia, por favor, que se eche a un lado de la política y de la educación, y nos deje trabajar a los que tenemos esperanza en formar un mundo en paz.

Mi propuesta para romper el ciclo de violencia que viene del pasado y alimenta el presente, es aplicar una pedagogía el perdón y esto es lo que considero como la mejor opción para las políticas educativas y para todas políticas en general.

El perdón es una alternativa que se ha tomado en pocas ocasiones para resolver los enfrentamientos entre personas, comunidades, sociedades y el mundo en general.

Sin embargo, cuando se ha tomado esa alternativa, la experiencia ha dado indicios de que es posible y beneficiosa: Mandela, Malala, Jesucristo, Gandhi, Dalai Lama, Luther King… El horizonte que se abre es de luz y esperanza, mientras se viven esas convicciones.

Aprender el perdón nos ayuda a sanar las heridas, a aprender del pasado, a reconocer nuestras propias faltas, a ser humildes y comprensivos con las faltas de los demás.

Aprendemos a vivir la justicia ante los daños sufridos pero sin devolver mal por mal. Pero sobre todo, uno vive más alegre, con la ligereza de quien se ha quitado un gran peso de encima.

Aprender el perdón nos ayuda a recomenzar con esperanza y más fuerza, unidos en la diferencia y con libertad.

Sin embargo, aprender venganza y castigo profundiza en las heridas y refuerza los conflictos. La violencia afrontada con otra violencia, perpetua el daño, que será lo que aprenda la siguiente generación: resentimiento, odio y revancha.

Las heridas no se cerrarán de la noche a la mañana, está claro. La pedagogía del perdón no es instantánea, puede requerir varias generaciones para sanar las recriminaciones y los recuerdos amargos.

Aunque no sea instantánea, el hecho de emprender la pedagogía del perdón, ya es una experiencia de esperanza y alegría, y empezar a curarse ya es una vivencia de sanación del nosotros.

Pero deberemos contar con que siempre habrá poderosos acaudalados, políticos, comunicadores y educadores, y quizás uno mismos muchas veces, que pensemos que reabriendo las heridas del pasado podrán mejorar el presente.

Y no se piense que son de una tendencia política u otra, de una religión y otra, de una ideología económica u otra, es un tema de vivir las propias convicciones, sean cuales sean, desde el perdón o desde la revancha.

El hecho es que las heridas se infectan si no se cuidan, y ya no digamos si se hace por reabrirlas. Si alguien quiere negarlo, sencillamente está tratando de aplicar un daño al cuerpo con objeto de lograr una «verdadera» curación por otra línea, pero, el hecho de abrir las heridas, no sana.

Para comprender a estar personas que piensan que envenando a la sociedad se sana el cuerpo, se podría interpretar como la quimioterapia.

Sí, es cierto que el cuerpo se sentirá mal un tiempo y se debilitará con la quimio, pero se acabará con el cáncer y ya habrá tiempo de recuperar el cuerpo después.

Pero la historia nos muestra que esto no suele funcionar, hasta que alguien decide cortar la espiral con el perdón.

Quizás se logre cierta apariencia de paz con el sometimiento, durante un tiempo, pero los corazones oprimidos de las nuevas generaciones se van educando con rencor y desde que la debilidad llegue al opresor, la reacción del oprimido será la que ha aprendido de su educador-opresor, y esto es: oprimir al opresor.

Hablar de opresor y oprimido no es patrimonio del marxismo. Cualquier ideología, cualquier religión, cualquier estrategia económica o política se puede hacer opresiva cuando deja de perdonar y priva de su libertad y su seguridad a las personas.

Hay otra política para romper las disputas entre las personas, los pueblos, las creencias, las ideologías; romper la cadena de violencia y deshacer los efectos de la historia.

Vale la pena implantar una pedagogía del perdón como estrategia de responsabilidad social educativa mundial

Educar en el perdón

Los teóricos modernos y científicos de la educación, han ignorado tradicionalmente el tema del perdón.

Es verdad que siempre han tratado de fomentar una sociedad de respeto, igualdad, libertad, solidaridad, justicia, paz… Pero además de proclamas y programas de sensibilización…

¿Realmente se han educado personas más comprensivas y respetuosas cuando el daño les toca de cerca? ¿hemos preparado a los jóvenes para ser resilientes, optimistas y pacientes ante las contrariedades?

¿Hemos preparado a las nuevas generaciones para que asuman la responsabilidad de servir a la sociedad, sacar lo mejor de sí y de los demás, sin usarlos o explotarlos?

¿Y cómo se resuelven los conflictos? ¿Les hemos enseñado a reconocer los propios errores? ¿Les hemos enseñado a comprender y reflexionar sobre lo que ocurre a su alrededor o hemos disparado su «pensamiento crítico», que se concreta en susceptibilidad ante supuestas ofensas e irritación por todo lo que no les gusta, y que otros lo resuelvan?

¿Les hemos enseñado a escuchar, a pensar y cuestionarse el pensamiento dominante o hemos formado una generación indignada ante lo políticamente incorrecto, que responde irreflexivamente ante los «intolerantes» porque son enemigos de lo correcto?

Estas preguntas no quieren entrar en el debate político sobre los «valores cívicos», que a menudo son simplemente un conjunto de maniobras políticas diseñadas para arroparse de una palabra poderosa y emocionalmente apreciada en nuestra cultura: «valores».

La educación del perdón está más allá de todo debate sobre los valores, precisamente porque es la base para iniciar un verdadero debate.

Aprender a perdonar, no es dejarse avasallar, no es muestra de debilidad. Es disponerse para aplicar la justicia con sensibilidad y empatía, buscando soluciones que mejore la convivencia.

Saber perdonar requiere saber escuchar sin juzgar, reconocer la parte de culpa, estar dispuesto a rectificar al reconocer los propios errores y ceder en todo aquello que permita avanzar en la sanación social, sin renunciar a las propias convicciones, que son la base para seguir perdonando.

Los conflictos violentos en las parejas, las familias, los amigos, las escuelas, las empresas y en todo el mundo, tienen su origen en la pedagogía de la venganza.

Series de televisión, películas, videojuegos, noticias, música, publicidad, redes sociales, sucesos de la vida cotidiana… Por todas partes emana justificación de la venganza deliberada, que es aplaude cuando se «ajusticia a los malos» y se justifica la guarda de rencor como motivación para aprender a dañar a «los malos».

Si queremos educar en el perdón no basta con parches curriculares, ni siquiera con un gran pacto del sistema educativo.

Es imprescindible que el perdón sea una dinámica que se aprende por ósmosis en nuestra cultura social, en la familia, en los guiones de las películas y dibujos animados…

Pero por algún lugar habrá que empezar y pienso que somos los educadores los embajadores de la pedagogía del perdón.

Que no perdone un internauta anónimo puede afectar en el ambiente, pero que no perdone un padre, una madre o un maestro, resulta altamente condicionante para los niños.

Lo primero que se debe hacer, es sacar el perdón de las iglesias y «nacionalizarlo como patrimonio del pueblo». Todos podemos y debemos perdonar, porque vale la pena, científicamente demostrado.

Pero para perdonar, se requieren convicciones que ya no da en sí la ciencia. La ciencia solo puede reconocerlo, pero creer solo se puede creer si se cree.

Así, habrá que dar razones para perdonar, pero sobre todo ejemplo de perdón, para que se vivencien las consecuencias positivas de la experiencia de perdón.

Para perdonar uno debe saber empatizar

Ya Piaget detectó que el perdón se presenta en una etapa avanzada de desarrollo moral, y comprendió que requería del desarrollo de la empatía. Sin empatía no hay perdón.

La empatía implica el reconocimiento compasivo del otro y solo así le comprendemos en su intención y nos comprendemos también a nosotros mismos.

Por la vía de la experiencia, cualquiera puede aprender, por empatía la inutilidad de la venganza, y este aprendizaje nos lleva al aprendizaje pragmático de que mejor perdonar que sufrir las consecuencias de la venganza; ya sería un paso.

También se aprecia por pura vivencia que mejor son las buenas relaciones que las malas. Así, el perdón, puede ser al menos, la puerta para favorecer las buenas relaciones; ya sería otro paso.

Empatizar, no significa simpatizar. Uno puede seguir manteniendo una enemistad por intereses opuestos y la empatía no les lleva a terminar con ese conflicto, lo que permite es comprenderlo y vivenciar la situación con paz y perdón.

No se trata de hacer personas vaporosos que son amigos de todo el mundo. Lograr que nadie sea enemigo de nadie es imposible y posiblemente innecesario.

Es natural que en la vida haya adversarios y los podamos identificar como enemigos, pero no les trato con rencor sino con respeto y dignidad, perdonando sus ofensas, si bien, me protejo y me defiendo si me atacan.

El arte está en saber perdonar aunque se siga viviendo en discordia. Esta situación, permitirá dar pasos hacia un mayor entendimiento pero quizás nos muramos sin que nunca se resuelvan los conflictos, pero sí aceptando, incluso apreciando, a esos adversarios.

Piaget y científicos más modernos, como Seligman y Peterson, han captado el interés de la educación del perdón pero no han sido capaces de diseñar una pedagogía del perdón cuidadosamente pensada.

Perdonar no es lo mismo que disculpar o excusar

Si se confunde el concepto de perdón con el de disculpa, es comprensible que no se vea bien una «pedagogía de la disculpa». Yo tampoco la veo bien.

Uno debe asumir las consecuencias de sus actos, pero eso no quita que se pueda hacer en una situación de perdón y no de venganza.

El perdón es sanador, la disculpa no. Quien perdona recuerda para sanar, quien disculpa o excusa, olvida para pasar página.

No olvidar la culpa no quiere decir recordarla con resentimiento, sino con agradecimiento incluso, por el aprendizaje que ha supuesto para todos.

Por esto, cuando la sociedad trata de disculpar y olvidar, eso termina por revivir como infección social, porque la herida no se ha curado.

No se trata de aprender a pasar página, sino a purificar esas páginas para empezar con salud la siguiente página y que el pasado, sirva de aprendizaje a las siguientes generaciones.

Disculpar o excusar son dos formas de quitar la culpa a un culpable, mientras que perdonar es reconocer la culpa y buscar la sanación, no la venganza. Perdonar duele a todos, pero es un dolor que sana y vale la pena.

El perdón no quita la herida y su dolor sino que la cura. La pedagogía del perdón implica estudiar la historia con empatía; sin disculpar, sino recordando con perdón y aprendiendo de la experiencia.

Renovar el perdón

Cada generación debe aprender a perdonar los daños del pasado, así como agradecer los beneficios honestos que reportaron.

La pedagogía de la venganza lleva a los alumnos a revolcarse en las heridas y avivar el resentimiento.

Aprendizaje crítico es recordar lo que pasó y elegir perdonar nuevamente. Que no es juzgar la historia con suavidad o debilidad, sino con comprensión y valentía.

Empezar ahora

Diseñar una política educativa de perdón puede llevar su tiempo, pero aprender a perdonar puedes hacerlo ahora mismo.

Primero, haz las paces contigo mismo, luego perdona a tus parientes, a tus amigos, a tus vecinos, a tus jefes, a tus autoridades…

Saca de tu mochila el resentimiento y ya estás empezando a sanar el mundo con la pedagogía del perdón.

Segundo, deja de utilizar el perdón como estratagema. Estás enseñando a los demás que eres un falso, y puede que te perdonen aún así, pero no esperes que te disculpen cuando no tienes un auténtico arrepentimiento.

Si disculpan una y otra vez tus abusos, cuando se sabe que pides perdón sin arrepentimiento, se estaría alimentando una relación dañina, de la que te estás aprovechando, y a la vez dañando.

Quinto, deja de pedir perdón de lo que no es culpa tuya. Muchas veces son otras las personas que hacen que uno se sienta culpable. Piensa si te disculpas demasiado y quizás, tendrás que trabajarte que no te afecte tanto lo que piensen los demás de ti.

Sexto, busca en Internet testimonios de perdón ante casos tremendos. Muestraselos a tus hijos, a tus alumnos y esto será sumamente inspirador para sus jóvenes corazones.

Aquí te dejo una película-documental con múltiples ejemplos de experiencias increíbles de perdón: «El Mayor Regalo»

Las neuronas espejo de cada niño identificarán que el perdón es lo que le pide su cerebro y será la propia dopamina, llegado el momento, quien le pedirá perdonar, auque otra parte del cerebro le pida odiar.

Séptimo, sigue perdonando más allá. No digo que disculpes o excuses a los terroristas, a los corruptos, a los incompetentes, a los violentos; lo que digo es que saques tu odio, te sanes y sanes tu vínculo con ellos.

Enseña a tus hijos y a tus alumnos a no odiar, sino a perdonar sin renunciar a la debida justicia con paz y comprensión.

Juan Pablo II perdonó a quien le disparó pero no trató de interferir en la justicia y cumplió su condena.

Todavía podrás seguir pensando: -«¿pero cómo voy a perdonar y a decir a mis alumnos que deben perdonar a un violador? ¿o a un genocida? ¡¡¿cómo?¡¡

Razones para mantener el odio hay muchas, pero eso lo único que logrará es dar más fuerza al violador en cuanto violador, al genocida en cuanto genocida, y no a la persona que se tiene que sanar y la herida que conviene cicatrizar.

El odio es comprensible pero no arregla nada, sino que hace la herida más profunda y como un virus, infecta a los demás.

Si no liberas a tus alumnos o a tus hijos del odio, lo que consigues no es consuelo sino heridas más y más grande, más y más infectadas.

Aunque no tengas una convicción de fe para perdonar, al menos invita a perdonar por pragmatismo.

Al liberarse del rencor, tus alumnos o hijos podrán ser creativos desde su originalidad, en lugar de reactivos desde el odio que les ata al pasado.

Piensa que si alimentas el odio invitas a la venganza, y ya solo la venganza en el corazón del niño, es un daño. Le estás haciendo violencia y eso no es justo, no tienes derecho.

No pretendas que la persona perdonada acoja tu perdón.

Posiblemente siga igual o peor, pero la pedagogía del perdón no está para que los otros cambien, sino para que uno mismo se libere, y desde la propia liberación, estaremos en mejor disposición de que el mundo cambie.

Cuando uno perdona o pide perdón, ha hecho lo saludable y no puede esperar correspondencia, pero ya es un paso de pacificación.

Si además se da una reconciliación, entonces la paz se transforma en alegría.

Pasos para perdonar en lo personal

  1. Pon nombre a la herida y al hiriente, determina quién ha sido el responsable y hasta qué punto. Reconoce los hechos con objetividad y en su justa medida. Asume tu parte de responsabilidad también.
  2. Acepta la herida como parte de lo que ya eres, como sucede en las heridas biológicas. Unas se podrán cauterizar mejor que otras, dejarán cicatriz o no, pero ya son parte de tu historia de vida, para siempre.
  3. Elige perdonar. Que no es disculpar, ni excusar. Si los hechos tienen consecuencias, tendrá que asumirlas, pero tú, ya estás en paz con el hiriente. Por lo que a ti respecta, esa persona no te debe nada. Para ti el hiriente ha dejado de estar empegostado en tu corazón por el rencor. No miras hacia atrás, preguntándote: «¿por qué sucedió?» Ya está, pasó, aprende y agradece lo que se ha proporcionado de experiencia y maduración. Ahora, mira hacia delante, con el corazón libre.
  4. No esperes una compensación. No vivas como una víctima, libérate de lo sucedido, no busques cobrarte una deuda. El perdón te dará la fuerza y no necesitarás nada del hiriente. Cualquier compensación que pudiera llegar será bienvenida, pero no la necesitas, nadie más que tú eres responsable de tus siguientes pasos en la vida. No culpes a nadie tu dolor. Al sanar tu herida, ya no hay herida, ya no hay hiriente, ya no hay víctima, solo un aprendiz de la vida que ha crecido humanamente gracias al perdón.

Así, en cuatro pasos parece sencillo, pero la realidad es más bien difícil. Es conveniente que los niños, desde muy pequeños, aprendan a perdonar para crear redes de conexiones sinápticas de neuronas en su cerebro que les ayudará a perdonar con naturalidad.

Pero los daños en la vida pueden ser tan fuertes que la capacidad de perdonar se nos pone a prueba. Este «sencillo» proceso se puede alargar en el tiempo. Si no puedes perdonar, al menos, ten deseos de perdonar y pide ayuda.

Recomendaciones para perdonar de corazón

No te empeñes en olvidar, insiste en perdonar, renueva tu perdón. Y no trates de recordar hurgando en la herida. Deja de culpabilizar o culpabilizarte. Deja de avergonzarte, de humillarte, de difamar, de alimentar el resentimiento, en definitiva.

Sencillamente, rompe el círculo de la violencia y libérate.

Si el mal fue un verdadero mal, no disculpes, ni excuses: estuvo mal. Le perdonas vale, y ya está. Quédate en paz. No te rayes y piensa el lo que te ofrece la vida, no en lo que te ha quitado.

Si es necesario, deberás tomar distancia para protegerte pero eso, bien vivido, debe acentuar tu vivencia de perdón y no de «rayadura».

Es posible que quieras que tu hiriente reconozca su culpa, se humille y repare públicamente el daño ocasionado. Es comprensible pero insistir si el hiriente se niega a hacerlo, te mantendrá atrapado en el pasado.

Puedes insistir en que repare, para tratar de reducir el daño en lo posible, pero mientras no perdonemos y nos reconciliemos con nuestro presente, no podremos seguir avanzando. Tú verás.

Sin disculpar, sin excusar, pero pasa por alto lo que te sigue dañando el corazón y solo rememora lo que te ayude a perdonar.

El perdón entre los pueblos y colectivos

Esta es una de las claves para incorporar la pedagogía del perdón en la educación.

La pedagogía del perdón no solo limita las experiencias de perdón al ámbito privado e individual, sino que las promueve en la esfera pública y comunitaria.

La pedagogía del perdón comienza con los educadores pero se arraiga cuando los colectivos se perdonan unos a otros.

El perdón entre colectivos y pueblos es mucho más complejo y para que realmente sea un camino de paz, es necesaria buscar la reciprocidad que tienda a lareconciliación.

Todos nacemos dentro de una comunidad, y puede ocurrir que, sin haber sufrido daños en sus propias carnes, uno herede los resentimientos y odios de su mayores.

Pero si nacemos acompañados por una pedagogía del perdón, las nuevas generaciones podrán valorar críticamente esos resentimientos y aprender a perdonar, con la paciencia de quien sabe que no es instantáneo y con la renuncia a la venganza, pero sin renunciar a la justicia.

Con la pedagogía del perdón podemos aprender a ver a otros países o colectivos como miembros de una misma «familia humana».

Además, como comunidades diferentes, podemos aprender a tratarnos como vecinos y amigos potenciales.

Ideas para implementar la pedagogía del perdón

Ciertamente, el cambio requeriría una acción universal coordinada desde los organismos supranacionales pero para quienes nos dedicamos a la educación, podemos empezar por lo siguiente:

  1. Incorporar en nuestros grupos-clases las tutorías personales para ayudar a los estudiantes y sus familias a vivir los valores éticos vinculados al perdón: justicia, amabilidad, responsabilidad, respeto, empatía, diálogo, humildad, generosidad, resiliencia, paciencia, valentía, sinceridad…
  2. Aprovechar nuestra materia, el particular los docentes de ciencias sociales, para ayudar a caer en la cuenta de los errores del pasado, con empatía desde el perdón, pero sin disculpas ni excusas. Pero reconociendo también los logros con agradecimiento.
  3. Apreciar con empatía los colectivos o pueblos que de algún modo pueden verse como un mal, dañinos o perjudiciales, y desde la comprensión y la honestidad intelectual, tratar de comprender todos los puntos de vista y la diversidad de razones. Captar a las personas más allá de las categorías grupales, superar prejuicios y evitar estereotipos.
  4. Mostrar lo ventajoso y atractivo que resulta el perdón con ejemplos históricos y testimonios de perdón.
  5. Partir de la realidad de que todos los colectivos y pueblos necesitamos sanación. Ayudar a los alumnos a reconocer los errores de sus propias comunidades y colectivos, así como los aciertos de las comunidades y colectivos diferentes. Que muestren comprensión incluso de aquellos que les han podido hacer daño, sin disculpar, sino perdonando.
  6. Evitar la victimización y el paternalismo. Desde el perdón, promover el trato personalizado en igualdad, la interdependencia y la justicia, pero sin revanchismo ni sentimentalismo autoculpabilizante.
  7. Promover la plena aceptación de l»los otros y diversos», sin tolerancias superficiales y políticamente correctas. Aceptación de corazón.
  8. Promover en las minorías vulnerables el sentido de justicia basado en el perdón, y no en la revancha, la culpabilización, la venganza o el chantaje social.
  9. Promover la magnanimidad y hacer comprender que las cargas del perdón y la reconciliación no son siempre iguales o simétricas, pero que en cualquier caso, a todos les va a costar lo máximo que puedan dar.
  10. Ser sinceros en nuestra educación en valores y evitar disfrazar nuestra venganza, llamándola justicia. Quien aviva el odio hace daño a la educación.
  11. Promover la elegancia ante los malvados, «no hacer leña del árbol caído» y no devolver mal por mal. Cortar toda manifestación de burla, desprecio y reproche que pueda romper los puentes de la reconciliación. Por verdaderos que sean esos comentarios, al faltar actitud de perdón, en realidad no son verdaderos, sino sencillamente ciertos. Tan ciertos como dañinos. Si fueran verdaderos, serían sanadores.

Te invito a ser embajador de la pedagogía del perdón

Cualquier educador de buena voluntad que se tome en serio la educación puede ser embajador de la pedagogía del perdón, sean cuales sean sus convicciones políticas o religiosas, su color de piel, su orientación sexual, sea quien sea, todos podemos perdonar y ser perdonados.

Te invito a promover la pedagogía del perdón más allá de tu propia aula, de la propia escuela, de la propia comunidad; ir más allá, tanto como tu capacidad te permita. Y entre todos, hacer de la pedagogía del perdón una realidad que transforme el mundo.

Sé el primero que reivindique justicia desde el perdón y no desde el resentimiento, el odio o la venganza. Un educador que tiene una lengua venenosa no puede ser embajador del perdón, por mucho que quiera ponerse medallas de igualdad, justicia y solidaridad.

Mi sueño es que la pedagogía del perdón alimente las políticas mundiales de los próximos años, y todo puede comenzar con tus alumnos y sus familias.

Aspiro a que la pedagogía del perdón sea algún día reconocido como patrimonio de la humanidad.

Seremos pacificadores del mundo y podremos aspirar a que el premio Nobel de la Paz sea concedido, no a una persona, sino a todo un gremio: los educadores del mundo unidos por el perdón.

El concepto psicológico no explica la realidad plena de ser Humano

La psicología trata de dar respuestas a la realidad del ser humano con objeto de superar estados de daño psicológico y propiciar estados de bienestar subjetivo.

Sin embargo, el concepto psicológico de ser humano no explica la realidad plena de lo que es ser Humano, así nunca podrá dar respuesta plena a los daños ni a la felicidad.

Los humanos no somos un mero compuesto de cuerpo y mente. Es posible que en cierto periodo de nuestra vida, uno pueda verse como organismo independiente capaz de ser humano por sí mismo, en sí mismo y realizarse a sí mismo, sin ayuda de nadie.

De hecho es un fenómeno evidente que cada ser humano es un organismo independiente capaz de autoconfigurarse y aspirar a un desarrollo e incluso, capaz de neutralizar su propia existencia con el suicidio.

A la psicología le fascina la mente y con la visión que le proporciona la neurociencia, el cerebro le chifla. Parece que desentrañar los secretos de las redes neuronales nos dará todas las respuestas para la felicidad del individuo. Sin embargo,

El cerebro nos hace vivenciar la felicidad, pero no es el origen en sí, de la felicidad.

No le podemos preguntar al cerebro cómo puedo ser feliz, sencillamente es feliz o infeliz como consecuencia de un modo, objetivo y subjetivo a la vez, de habitar la realidad.

La mente resulta fascinante porque nos abre a un mundo de posibilidades, pero con lo que somos felices de forma auténtica, es poniéndola al servicio del cuerpo y no en contra de él. El cuerpo humano tiene una dignidad extraordinaria, superior a todo otro cuerpo orgánico o inorgánico y la mente no está para manejarlo a su antojo sino para servirle.

La psicología debe descubrir el valor infinito del cuerpo humano

La mente es como la torre de control, pero lo que realmente es extraordinario es el aeropuerto en sí. Sería ridícula una torre de control sin aeropuerto, sin vuelos…

La mente es como la torre de control del cuerpo, el aeropuerto.

Pienso que esto es lo que ha hecho la psicología moderna. Tras descubrir las torres de control, se fascinó y todo lo ha querido reducir a torre de control: «si controlamos la torre, lo controlamos todo». Sin embargo, los aeropuertos fueron surgiendo sin sentido, sin destinos, sin aviones y esas torres cada vez más sofisticadas, perdían su valía.

La consecuencia es que las torres de la modernidad, en lugar de general el control deseado, generaron ansiedad, depresión, tristeza. Entonces, se comenzaron a crear movimientos sin destino, aviones que salían y volvían al mismo aeropuerto, como una especie de terapia ocupacional.

Otros apostaron por «el control de la torre de control»: paz mental, mindfulness, estados de quietud. Estupendo, pero la torre sigue sin tener sentido, aunque ya no sufre, ya no se frustra, ya no se siente vacía pero está vacía…

La educación con la modernidad se puso en las manos de la psicología y dejó de ser una educación de cuerpos para el amor, y pasó a ser una educación de mentes para el control.

Ciertamente, la modernidad fue un avance. Se ha ido superando el analfabetismo funcional y eso es maravilloso, pero algunos han despreciado la educación de siglos. Qué pensaban los Ilustrados, ¿qué nadie se había educado hasta que llegaron ellos?.

Insisto en el avance que supone la educación modernista, pero un árbol progresa en su crecimiento si se mantiene fijado en su raíz. Y el error no está en llenar el árbol de ramas, el problema es tratar de desarraigarse de la raíz, pues las ramas se secan.

Los Ilustrados descubrieron una Humanidad de grandes raíces pero apenas sin ramas. Era como un cactus en el desierto de la existencia, y ellos lograron que de esas plantas surgieran ramas y hojas, flores y frutos. Pero quienes han tratado de cortar la raíz en nombre del progreso, han hecho mucho daño a las propias ramas que surgían.

La raíz en la que debe fijarse la educación es el cuerpo, pero con la Ilustración, se fijó en la mente.

El ser humano fijado en su cuerpo se puede cultivar y crece el carácter desde la sensibilidad y entonces, por la mente, se desarrollan las competencias que dan mucho fruto.

Pero si se fija la educación en la mente, no se cultiva el cuerpo, sino que se pone al servicio de la mente, que ya no se cultiva, sino que se construye y reconstruye al cuerpo a su antojo, bueno, hasta donde la tecnología y el presupuesto personal, dejen al antojo.

La persona no vale en sí por ser quien es en cuerpo viviente, sino que vale por lo que hace, por su mente, por su razón, por su competencia. La educación enraizada en la mente descarta a la debilidad, a la vulnerabilidad. Los cuerpos que no puedan ser competentes o supongan una amenaza para la independencia de otros cuerpos, se consideran descartables o una amenaza que se debe neutralizar.

El progreso fijada en la mente mira fuera de la planta, mientras que el progreso fijado en el cuerpo mira en sí misma y en su despliegue puede conquista el medio, dar fruto y embellecer el mundo.

No se puede cortar la raíz humana, no se puede negar su naturaleza corporal. Sin embargo, esto ocurre cuando la educación no se fija en el cuerpo sino en la mente.

El humano-individual está llamado a ser un humano-comunidad

La psicología «adoradora» del cerebro no es capaz de captar que el ser humano es algo más que ser individual, algo más que un organismo inteligente, algo más que un porta cerebro.

Ser humano, ser un «yo», no es posible sin un «tú». Sin el «tú», el «yo», llegado a cierto estado de desarrollo, puede ser capaz de subsistir como cuerpo y mente sana en sí mismo, pero no es capaz de realizarse con felicidad, con la felicidad que solo da el Amor con mayúsculas. Ese Amor que tanto le gusta desacreditar a la ciencia, y a la neurociencia en particular, le pirra reducirlo a química y neurotransmisores.

Pero si no hay aviones, no hay transmisiones en la torre de control. Se puede crear un simulador o lo que se quiera construir, pero la torre nunca experimentará la frescura de su aeropuerto, los nervios de quienes llegan tarde a su puerta de embarque, la alegría del pariente que llega por la puerta 6, el enfado por el sobrepeso que te van a cobrar.

El humano-individuo es un cuerpo-mente inconexo que subsiste, incluso sano, pero no pleno. El humano-individuo está llamado a ser humano-comunidad que es ser cuerpo-mente-apertura.

A esta apertura se la ha conocido siempre como espíritu pero la visión psicologista de la modernidad, ha psicologizado tanto lo espiritual, que ya no se sabe que se dice, cuando se dice «espíritu». Creo que el concepto «apertura» permite que se entienda mejor hoy.

El humano-comunidad, no es un fragmento que se diluye en un cuerpo «corporativo», sino que es más sí mismo, más «yo pleno» abrazado al tú, que a su vez se hace más pleno, y tanto el «yo» como el «tú», siguen siendo plenamente «yo» y plenamente «tú». Pero ahora también son un «nosotros», que no consume al otro, sino que le alimenta más su Libertad en el Amor.

Libertad para poder entregarse constantemente al amado. Esto, ya lo conocían muchos «analfabetos pre-modernos». Quizás, estos «bárbaros» no sabían escribir, ni leer, pero habían aprendido a amar y si solo el amor les bastaba, para que necesitaban más. Era cuestión de cultivarlo en lo que habitaban, y por aquel entonces, leer y escribir no les aportaba mucho.

No pretendo hacer una apología de la injusticia de siglos pasados que separaba a miserables iletrados de nobles con cultura. Quién saque esa conclusión, que deje el artículo o empiece de nuevo, porque no se está enterando de por dónde voy.

Se puede dar una interpretación política del interés por mantener a las personas analfabetas, pero pienso que es no entender la historia en su plenitud.

Aprendimos a leer y escribir en masa por necesidades de la modernidad… Antes del Covid19, nadie se planteaba la necesidad de tener una mascarilla, ¿para qué? Pero es la necesidad la que nos hace fabricarlas en masa.

La ciencia que bloquea la trascendencia, bloquea la educación

No digo que la psicología sea mala, lo que digo es que en nombre de la alfabetización funcional universal, se puede estar bloqueando el acceso a la sabiduría del corazón, es decir, desde algunas instancias que deben velar por la educación universal se podría estar promoviendo un analfabetismo apertural.

La psicología debe abrirse a la trascendencia y reconocer que sus métodos de investigación deben seguir progresando.

No puede convertirse en una ciencia conservadora de sus metodologías de siglos pasados en nombre del progreso. La estadística, aunque se vista de Big Data, estadística se queda.

La psicología necesita descubrir nuevas formas de hacer ciencia que le abra a la plenitud del ser humano para estar en disposición de servir al ser humano pleno; al humano que se trasciende y forma un nosotros por el amor. Ya los humanistas del siglo pasado, Maslow, Rogers y otros, lo intentaron pero fueron desterrados del Olimpo de la ciencia.

No digo que fuera incorrecto el destierro, lo que cuestiono es el Olimpo mismo; quizás haya que ir pensando en un Olimpo más olímpico.

Si los científicos no son capaces de llevar, por la limitación de sus métodos, a medir esto, ¿cómo pueden existir científicos que lo niegan por no poderlo medir? Sería como negar el conjunto de las estrellas porque no se puedan contar; es sencillamente ridículo y tendría que darnos vergüenza hacerse llamar científico y no respetar lo que no somos capaces de afirmar o negar.

La falta de respeto a la trascendencia podría ser por ignorancia, por maldad o por miedo, pero nunca por ciencia.

El caso es que la educación no puede ir al paso de la ciencia, sino al paso del amor.

No tenemos derecho, en nombre de la ciencia, a tapar los ojos a las nuevas generaciones ridiculizando la sabiduría de generaciones y generaciones, de todas las culturas y credos.

El científico no puede comportarse con la arrogancia de un niño al que le han regalado un telescopio y se cree más poderoso que sus vecinos porque ve las estrellas más cerca.

Está bien que seamos capaces de hacer cada vez telescopicas más potentes, pero no nos hace más potentes humanamente, ver más estrellas y más cerca.

Lo que nos hace humanos en relación a las estrellas, es ser capaces de convivirlas con amor, y eso se puede hacer con o sin telescopio. Mejor con telescopio, pero para convivirlas con amor, cada vez con más amor.

¿Y cuál es la realidad plena del ser humano que no capta la psicología?

Cada cual tendrá que descubrirlo en su trascendencia, en su apertura al Amor. No tengo la respuesta científica, empírica, quiero decir; tengo mi respuesta personal, que me encantaría poder dar, día a día con mi vida.

A día de hoy, mi respuesta, más que una respuesta, es un deseo de responder al amor. Mi respuesta es una sed de plenitud. No se puede dar una respuesta plana con la mente, sino con el cuerpo, con la vida.

Y ese es mi deseo, que mi cuerpo plasme cada vez mejor la respuesta al amor.

Las ciencias nos muestran que los seres humanos no se plenifican sin más, desarrollando su cuerpo-mente al máximo. Existen evidencias suficientes para poder afirmar que no somos meros animales dotados de razón, sino que necesitamos de la educación para renacer por el Amor.

Todo nace perfecto, salvo el ser humano, que necesita de la educación para perfeccionarse.

Todos los animales se desarrollan, pero ese desarrollo no les perfecciona, ya son lo que son, sencillamente se despliegan.

Sin embargo, los seres humanos damos un salto a la trascendencia, como diría Jaspers. Lo damos si queremos. Como el gusano se transforma en mariposa, la educación, la educación auténtica, nos transforma en la apertura.

Así vemos cómo la humanidad ha buscado en las religiones, en las filosofías, en el arte y todavía seguimos buscando.

Quizás la psicología empírica no sea capaz de llegar nunca a una evidencia de lo que es la plenitud del ser humano, no lo sé, pero lo que sí sé, es que si sigue aspirando a «construir telescopios cada vez más largos», por ahí no creo que llegue muy lejos.

Es hora de que la ciencia dé un salto empírico a la trascendencia y acepte el reto de conocer científicamente al ser humano pleno, el habitante del Amor.

El tesoro educativo del silencio infantil

Para algunos, el silencio es un recurso pedagógico del pasado. Propio de pedagogías transmisionistas, donde el niño es amaestrado para que contenga su natural alboroto y preste atención a la cansina instrucción del maestro: «!muerte al silencio, viva la actividad, emocionemos a los niños¡

¿Pero quién dice que el silencio no es emocionante? Solo quien nunca haya bailado con su música interior.

El silencio educador no es callarse y escuchar al maestro; no es dejar de hacer para que entren las ideas que le transmiten, sino es un silencio habitativo; muchísimo más activo que mil alborotos juntos. El silencio del niño que juega con su conciencia y vivencia eternidades. El cerebro se ramifica con sus imaginaciones, viviendo aventuras espectaculares. Silencio que educa porque es su originalidad la que interpreta la música y el niño la baila. El rostro del niño jugando, viviendo en silencio la expresión de lo auténtico. El niño en silencio habita su conciencia sin posar, es genuino y revelador del misterio de su corazón.

Déjale jugar en silencio, no busques esos entretenimientos ruidosos o esas pantallas que desactivan el murmullo de su creación interior. Y dices que te lo pide, y que si no le das la pantalla, no para… Cierto, no paran porque busca la música de su conciencia, pero les hemos encerrado en la actividad exterior, en una cárcel de atención a lo otro y no escuchan los gritos de su originalidad: –niño, juega conmigo, juega contigo, hazte quien eres.

Orgullosos de quitar el silencio de la educación, los educadores no saben que están quitando las flores del jardín, la miel del panal, y toda la actividad que puedan juntar nunca será suficiente para sustituir el infinito activo de su conciencia. por mucho que puedan motivar, nunca llegarán al infinito motivo que en su corazón les entusiasma. Dejadles jugar, permitidles que se aburran y así buscarán lo que en verdad quieren; disfrutar de corazón, jugar con el alma.

EDUCAR LA INGENUIDAD PARA HABITAR LA VERDAD

Uno habita en su casa, en su propiedad, aquello en donde puede cultivar y construir; habitamos el hogar. En nuestro hogar es donde nos sentimos en casa, es el lugar al que se vuelve y desde el que se sale a la aventura, donde nos reponemos y nos relacionamos en intimidad con quienes amamos incondicionalmente. En casa nos relajamos, estamos en confianza, nos sentimos a gusto, nos damos unos a otros, formamos una familia. En casa somos libres y responsables, estoy porque quiero y porque quiero, me doy por entero. Es donde perdonamos y se nos perdona sin parar.

Si uno se plantea que esto no es posible en su casa, probablemente haya dejado de ser su casa, ya no es un ingenuo (un indígena, del latín ingenuus, libre de nacimiento) en su tierra, sino un tirano que trata de someter a otros o un siervo que se ve sometido por alguna tiranía.

La Verdad es la casa universal de todos, pero sólo la habita como “mi hogar” quien es un ingenuo, un indígena de la verdad, natural de lo auténtico. Los astutos, sin embargo, la consideran una prisión. Su infinidad enreja su ego y para tratar de escapar, intentan hacerse con su control, pero es como la propia sombra, que por mucho que corramos nunca nos separamos de ella, salvo que apaguemos la luz…

Los astutos intentan en vano poseer la verdad, apagar la luz, construir en tinieblas, deconstruir con falsedades, ocultar los hechos, manipular los frutos, reservarse pequeñas verdades para controlarlos a otros, pero esto les hace invasores en tierra extranjera, siervos de la mentira, tiranos de la vanidad, cultivadores de miedos, constructores de falsedades. Y, sin embargo, paradójicamente, ya eran nacidos en la Verdad, eran propietarios desde el origen, pero al renunciar a la ingenuidad, han renunciado a sus derechos de pertenencia.

Y es que el ingenuo sabe que es descendiente original, pero no es el origen de la Verdad. Es heredero de la Verdad si la acepta, pero no es la Verdad ni el origen de la Verdad. Y es que quien renuncia a su herencia y se autoproclama “verdad” u origen de la verdad, suicida su ingenuidad y se hace desertor de la Verdad para enrolarse en las filas de la Mentira.

La Mentira no es lo contrario de la Verdad, sino la imitación más perfecta que pueda ser realizada de la original Verdad. Quién se abraza a la Mentira, en realidad, piensa que abraza la Verdad o que al menos, se encuentra en camino de conquistarla. Y cuanto más poderosa es la Mentira, más difícil es diferenciarla de la Verdad, que sólo es distinguible por los ingenuos, más ingenuos: “el rey está desnudo”

A la Mentira le encanta que los habitantes de la Verdad dejen de ser ingenuos para combatir la mentira porque así, sin desearlo, se pasan a su bando. Pero los ingenuos, «esos estúpidos seres insensatos» no hay quienes les engañe y la Mentira queda desarmada: –«¡Acabemos con los ingenuos, llamémosle ignorantes, dogmáticos, radicales, fundamentalistas, enfermos, antisociales, incívicos, enemigos de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad… Hagamos que, si un ingenuo vuelve a decir que “el rey está desnudo”, que le neutralicen por intolerante fundamentalista y que, si todavía queda por ahí algún ingenuo despistado, que aprenda que si abren la boca, no correrá mejor suerte».

La Mentira cuando controla, organiza la educación para formar astutos y combatir la ingenuidad.

El niño debe dejar de asombrarse ante la Verdad, debe olvidarse de cultivar y construir en la Verdad. Por el contrario, debe adquirir las verdades tolerables por la Mentira y las mentiras básicas que le alejen de la ingenuidad.

El mantra será la técnica pedagógica por excelencia: “no existe la verdad”, “no existe la verdad”, “cada uno tiene su verdad”, “los ingenuos fracasan y los astutos triunfan”, «debemos respetarnos», etc. «Y quien afirme que el «rey está desnudo» es un intolerante fundamentalista».

Desde la Mentira se explica que habitar la Verdad es imponer y eso significa perder la libertad. En nombre de la libertad, la Mentira lucha contra la libertad, como no podría esperarse de otro modo. Así, los niños aprenden a renunciar al habitar libres en la verdad para poder ser libres según la Mentira, pero en Verdad, están tiranizados.

La educación así no se orienta a desplegar la propia originalidad natural de la verdad, se entrena al niño para ser astuto, para hacerse una verdad a la medida de su ego y para cazar a los indígenas que le digan que, en Verdad “está desnudo”.

Así las cosas, ser ingenuo es muy peligroso pero solo desde la ingenuidad se podrá habitar la verdad con libertad, con autenticidad, por lo que vale la pena educar la ingenuidad.

La pedagogía del nosotros ante la era del conglomerado

Ya describió Ortega y Gasset en «La rebelión de las masas» el fenómeno de «la aglomeración» en el que se ven muchedumbres de individuos apegados y desgarrados entre sí pero sin angustiarse porque se sienten a salvo haciendo lo que todos hacen, opinando lo que todos opinan, queriendo lo que todos quieren, y mientras no traten de cuestionar lo que todos dicen entonces, los individuos pueden sentirse seguros como astillas del conglomerado.

Si Ortega viviera quizás escribiría una continuidad de su libro «la rebelión de las masas», al que podría llamar «La dictadura de las masas», que se sostiene por el contrachapado de lo políticamente correcto y la educación emotivista, por la que uno se cree bueno porque desea ser bueno. Sin embargo, entre el deseo de ser bueno y el hecho de serlo, radica una paso abismal de apertura al tú.

El conglomerado humano lo forman sujetos egocéntricos que se utilizan unos a otros, a lo que llaman «ganar-ganar». En el nosotros maduro, los sujetos son de madera noble y original que no aspiran a «ganar-ganar» sino que están dispuestos a perder para que gane el tú, pero, precisamente al estar formando un nosotros maduro, lo que se da al tú se da a la vez al yo, en el nosotros. Esto supone que todo sacrificio del yo no es más que ganancia para sí mismo; tanta ganancia como inmenso sea el nosotros que se habita y al que se entrega. Inmensidad que no la da la extensión material, sino la apertura del amor.

La pedagogía del nosotros, es la nueva pedagogía que necesita un mundo astillado por la masificación del amor que lleva a los sujetos a desear ser buenos pero en la presión del conglomerado no pueden ser buenos.

La pedagogía del nosotros es también la nueva educación personalizada, que muchos viven de forma enlatada y si bien son maderas originales y nobles, se han dejado apolillar hasta el punto de quedar vacías por dentro y no servir ni para conglomerado.

Mejor conglomerarse que apolillarse, pero el conglomerado no tiene pensamiento propio; está a merced de «la prensa», la que le prensa para que se mantenga en la masa que forma el tablón.

Si bien sería posible que Ortega hoy escribiera «La dictadura de las masas», también sería posible que redactara «La rebelión del nosotros», y ha falta de Ortega aquí estamos nosotros.

Educar en el nosicentrismo

Si se les llama egocéntricas a las personas que buscan su propia satisfacción de cuerpo y mente, sin importarles la satisfacción de los demás, a las personas que necesitan satisfacer a los demás para intentar sentirse satisfechas, se les llama alocéntricas. El deseable vivir entre personas que destilan alocentrismo, pero un alocentrismo sano, no autodestructivo o incluso destructivo de los demás.

Para que vivamos con un sano alocentrismo se requiere aprender a vivir con un sano egocentrismo, que podríamos denominar nosicentrismo:

  • El sano egocentrismo es esa fuerza del cuerpo y de la mente que le permite a una persona concentrarse y ocuparse de sí misma para estar en disposición de realizarse.
  • El sano alocentrismo es la fuerza de apertura de sí mismo que le permite a la persona concentrarse y ocuparse de los demás, sin dejar de ser sí mismo.

Pensemos en el protocolo de actuación de un avión en caso de despresurización de la cabina… Primero me tengo que poner yo la mascarilla, y luego ayudo a mi acompañante. Este sería un sano egocentrismo para un sano alocentrismo. Un mal entendido «pensar en los demás» sería malo para todos.

 

  • El sano nosicentrismo, no es sólo éste pensar en uno mismo para estar en disposición de ayudar, sino que ayudando me hago más yo mismo. Dentro de una cultura nosicéntrisca, la empatía se despliega y el conflicto se desintegra. Y hablo de un «sano» nosicentrismo porque puede enfermar y convertirse en un nosicentrismo interesado, que en el fondo deja de ser nosicentrismo para ser en realidad, egocentrismo o alocentrismo encubiertos.

  • EGOCÉNTRICA: Persona que busca su felicidad de cuerpo y mente con tendencia a nutrirse de los demás.
  • NOSICÉNTRICA:  Persona que habita la felicidad con todo su ser (cuerpo, mente y apertura) en servicio al tú con tendencia a la reciprocidad.
  • ALOCÉNTRICA . Persona que tiende a dejarse nutrir por los demás para que estén felices a consta de la propia autodestrucción.

Mi camino profesional hasta el aprendizaje habitativo

No es suficiente saber como aprende el cerebro; debemos preguntarnos como aprende el yo con el tú formando un nosotros de libertad y amor infinito

A lo largo de mi vida profesional he invertido muchos esfuerzos en lograr que los estudiantes con dificultades cambien su forma de estudiar «para que lleguen al éxito». Casi todos cambian un poco. Otros se limitan simplemente, a realizar los requerimientos que les solicito algo mejor durante un breve periodo de tiempo. Después, vuelven de nuevo a sus antiguos hábitos.

Por lo general, los alumnos dejan patente su bondad y respeto al tratar de estudiar como les digo, quizás tratan de devolverme el aprecio y quieren verme satisfecho pero no resulta un gran consuelo, puesto que, lejos de mí, aflojan y estudian como más les apetece (como más cómodo les resulta). La conclusión a la que he llegado es que no puedo hacerles cambiar si no cambio yo primero, o al menos a la vez que cambian ellos.

En mi trayectoria he ido incorporando metodologías, estrategias… He ido desechando técnicas innecesarias y aburridas. He procurado hacer propuestas flexibles que apostaran por la personalización y el uso inteligente de las técnicas y las tecnologías. He trabajado la modificación de conducta, he desarrollado sistemas para mejorar los procedimientos cognitivos, y de forma audaz, incorporé a mi repertorio psicopedagógico el entrenamiento neuropsicológico para una mejor estimulación… Todo muy enriquecedor pero veía que faltaba algo…

Entonces, caí en la cuenta de que sólo con mis recursos no llegaría al éxito en todos los casos, y puse todos los medios a mi alcance para lograr que los estudiantes gozaran de unas circunstancias adecuadas y estimulantes, y diseñe ecosistemas educativos de lo más apasionantes.

También pude comprobar que el estudiante no funciona como un individuo aislado; había que garantizarle unos vínculos afectivos, principalmente de su familia,  donde encontrar el sentido a su esfuerzo, la seguridad, la confianza y motivación necesarias.

Muchos eran los progresos pero a un precio muy alto: desgaste emocional, tensión ante la tardanza de resultados, estrés por la amplitud de ocupaciones, incertidumbre, hipercontrol para gozar de más seguridad de éxito… Y luego, la frustración de aquellos que no llegaban a los mínimos, el atolondramiento de ciertos docentes e incluso padres, que vivían al margen de estos objetivos, y el inconformismo de otros padres que no se hacían cargo de la realidad: presión, ¡presión¡, ¡¡presión!!.

Estaba claro que algo estaba fallando y comprendía que hubiese profesores que prefiriesen mirar para otro lado: “si los padres no se implican, yo no puedo hacer nada”; “lo siento, no puedo enseñar al que no quiere aprender”, «si el colegio no nos apoya», «si la ley es tan poco adecuada»…

Después de un tiempo comprendí otra lección: “para cambiar una realidad primero hay que aceptarla como es”. Las cosas son como son y no podemos empujar el río para que vaya más deprisa, hay que dejarlo fluir.

De entrada, encontré un punto esencial para seguir progresando en mi camino de enseñar a estudiar: la serenidad. Al esforzándome por alcanzar este estado en medio de mi actividad cotidiana, volví a gozar de mi profesión. Así empecé a transmitr algo que ayudaba mucho más a mis alumnos que toda la presión metodológica que antes ejercía… Y no es que les exigiera menos, sencillamente, los alumnos comenzaban a estudiar más y mejor.

Sin duda creía en los estudiantes, pero no tanto en lo que eran como en lo que podían llegar a ser si seguían mi orientación… En el fondo, en lo que creía era en mi capacidad para hacerles cambiar, y no tanto en su propia capacidad para desplegar lo que ya eran.

Pienso que los educadores transmitimos con frecuencia esta falta de confianza. Decimos que apreciamos al estudiante pero ciertamente no le valoramos en lo que es, sino en lo que nosotros queremos que sea y en lo que yo quiero ser respecto a él.

Al ir experimentando todo esto, observé con nitidez una de las carencias del sistema pedagógico que venía desarrollando… Aunque siempre he tratado de ser personalista, a la hora de aplicar estrategias didácticas, me estaba limitando a enseñar a estudiar con la mente y no con la totalidad de la persona, que es singularidad y relacionalidad, a la vez; interioridad y exterioridad. Un yo que habita en un nosotros. En definitiva, estaba reduciendo su interioridad a la mente. Eso hacía parecer que dejaba en evidencia las limitaciones del estudiante sin embargo, lo que realmente mostraba eran las carencias de mi sistema.

A lo largo de los años, se sigue avanzando en neurodidáctica,  en técnología para educar, en metodologías innovadoras… Todo fantástico. Pero todavía nos queda dar un paso más allá. El niño aprende con todo su ser: con su cuerpo, con su mente y con su apertura, no sólo con la mente y su cuerpo, sino con todo lo que habita y le habita.

Si ya eran muchas variables las que había que controlar, ahora lo que planteo es inabarcable. Efectivamente, este fue otro de mis aprendizajes. En la educación no se puede controlar todo, más aun, sólo se pueden controlar algunos detalles. Hay que hacer lo que esté de nuestra mano y saber abandonarse, confiar. Como hacemos con nuestro corazón o con todo nuestro crecimiento celular. Algo podemos influir pero sólo queda confiar en que seguiremos creciendo aunque no lo decidamos, e incluso, aunque no queramos.

Como vemos, existen unas fuerzas educativas que están más allá del educador y del educando, y que sólo podemos aceptar o rechazar, dejarse hacer o no dejarse hacer por ellas… Si las aceptamos con libertad, «porque quiero», entramos en sinergia y la educación no es sólo activa, sino sobre todo habitativa. El que aprende hace, pero también se deja hacer, y deja a ser todo aquello que habita para contemplarlo en toda su belleza.

Esto no es ser pasivo, lo pasivo es seguir en manos de la inercia, de la moda, de la imitación aunque eso que se imite se le llame educación activa, paradójico…

Pienso que el arte de aprender, no está tanto en conocer cuanto más mejor, saber hacer “cuantas más cosas, mejor”, ni incluso, llegar a ser cuanto más mejor… Sencillamente, cada cual debe saber, saber hacer y saber ser, lo que tiene que saber, saber hacer y saber ser para que la aventura de su vida sea buena, esto es ser un bienaventurado: felicidad apasionante lleva de sentido.